Sesenta reclusos del centro penitenciario de Pereiro, en Ourense, demostraron sus dotes como bailarines en un curso organizado por la Cruz Roja
24 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Si Elvis levantara la cabeza -y lo hiciese en la prisión de Pereiro- seguramente hubiese cambiado el título a su célebre Rock de la cárcel por algo así como Salsa entre rejas . Y es que, por lo visto esta semana en la penitenciaría ourensana, a los reclusos lo que les va de verdad son los ritmos latinos. Al menos ese es el estilo que gana en la rápida encuesta que realizamos entre las parejas de bailarines -hay presos y presas- en la pista polideportiva de la cárcel. Es uno de esos días de calor sofocante, tan habituales por estos pagos en cuanto se despide mayo, y uno se pregunta qué hacen los reclusos sudando la gota gorda mientras siguen las indicaciones de la monitora con la música a toda pastilla. ¿Habrá llegado también el nuevo talante a las prisiones? Durante esta semana al menos, parece que sí. Pero el responsable no es Zapatero sino las actividades lúdicas programadas por la Cruz Roja ourensana para celebrar el Día Internacional contra la Droga. En la pista están los que participan en los programas para drogodependientes que desarrollan los voluntarios de la entidad durante todo el año y algunos más que han aprovechado la ocasión para salir de la monotonía de su módulo. Lo cierto es que si no fuera por los uniformados que se mantienen en la parte alta de la grada, la estampa podría ser el rodaje de una escena de Fama , aquella popular serie de televisión que ahora emulan los chicos de UPA. Ropa deportiva, torsos desnudos que ya no soportan ni las tiras de la camiseta luciendo tatuajes... y alguno que recuerda la frase de la estirada profesora televisiva «aquí es donde empezais a pagar, con sudor». Solo que su deuda no es con el estrellato, sino con la sociedad. El descanso en el ensayo de la coreografía sirve para que los protagonistas se agolpen entorno a nosotros. Cada uno nos cuenta su historia particular -algunas serían éxito de taquilla convertidas en película- pero la mayoría tienen algo en común. Han sido tentados por el mundo de la droga y han picado. Para ellos fue el inicio no sólo de un deterioro personal y físico, sino de una carrera delictiva por la que han perdido su libertad. Pero todos quieren dejar bien claro que están encantados de haber conseguido entrar en el programa que la Cruz Roja realiza en esta prisión desde 1997. Se saben privilegiados y no es para menos porque «hay lista de espera», según nos explica Cristina, que todavía no ha entrado. La entidad benéfica atiende de lunes a viernes a tres grupos con 12 personas cada uno, pero para ampliar se necesitarían más voluntarios. Nieves -30 años y 20 de condena- muestra el brazo en el que se ven claramente unos cortes recientes y comenta «me da por ahí cuando estoy deprimida y esto me ayuda a no sentirme así». Juan B. dice que «con el programa me olvido de todo». Sugiere que se necesitaría más variedad en los talleres. Cristina secunda la petición y José Luis Lagoa -«quiero que pongas mi apellido»- dice que aún así «enseñan muchas cosas que no aprendes fuera y se hacen amistades». Mila lleva 18 meses en el programa y resume con una buena dosis de realismo: «Es muy entretenido y hay muy buena gente, aunque para salir de la droga vale mucho la voluntad y depende de uno». La música vuelve a sonar y la pista se llena de nuevo. El interés de los bailarines se aparta de nosotros y Luna, la voluntaria de Cruz Roja que ejerce de monitora nos confiesa: «Estoy sorprendida, se han aprendido la coreografía en veinte minutos».