El mundo a los cuatro vientos Michael Ross, acusado de matar a varias jóvenes, se convirtió ayer en el primer reo ejecutado en casi medio siglo en Nueva Inglaterra tras negarse a seguir recurriendo su condena a muerte
13 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Michael Bruce Ross siempre defendió que era consciente de lo que hacía, le molestaba que lo tacharan de perturbado mental y que los ocho asesinatos que reconoció haber cometido en los años 80 fueran fruto de la enajenación. Ayer murió por una inyección letal en la prisión de Somers, en Connecticut (Nueva Inglaterra), el primer reo ejecutado en este estado en los últimos 45 años. «Es hora de olvidarnos de Ross, pero nunca deberemos olvidar a sus víctimas ni a sus familias», dijo el fiscal jefe de Connecticut, Chris Morano, minutos después de la ejecución. El condenado habría estado de acuerdo. Y es que Ross abandonó el año pasado todos los intentos para evitar su destino, tras 18 años en el corredor de la muerte, aunque sus abogados, grupos abolicionalistas y familiares lucharon hasta el final para aplazar una ejecución que él veía como una manera de aliviar el sufrimiento de los padres de las ocho chicas de entre 14 y 25 años a las que admitió haber estrangulado y violado. «Se lo debo a la esa gente, yo maté a sus hijas y si puedo poner fin a su dolor lo tengo que hacer, estoy en mi derecho», argumentó al anunciar que no presentaría más apelaciones. Corredor de seguros Durante el juicio, este licenciado de la Universidad de Cornell y tímido corredor de seguros de 45 años, fue condenado por el asesinato de cuatro chicas, aunque confesó haber matado a otras cuatro. En todo momento se esforzó por demostrar que sabía lo que hacía, a pesar de los informes de los forenses psiquiátricos que señalaban que tenía tendencias suicidas y cuadros de inestabilidad emocional. En una ocasión llegó a escribir desde la cárcel, en donde leía todos los días la Biblia: «No soy un animal». Antes de que se tumbara en la camilla de la fría habitación donde pasó sus últimos minutos, Ross no pidió ninguna voluntad especial y cenó el menú de la prisión: pavo a la king , arroz, verdura, pan blanco y fruta. Horas después, y con la mirada atenta de unas 20 personas, en su mayoría familiares de las víctimas, sintió el pinchazo de la aguja, cerró los ojos, exhaló un leve jadeo, se estremeció unos segundos y dejó de moverse. Con un simple «no, gracias», eludió pronunciar sus últimas palabras. A las puertas de la prisión, centenares de activistas contra la pena de muerte rezaban por él y lamentaban que la medida hubiera regresado a Nueva Inglaterra tras casi medio siglo. El director local de Amnistía Internacional, Josh Rubenstein, calificó el episodio de «innecesario y triste» y confió en que no cundiera el ejemplo en la región. Pero los familiares de las asesinadas no opinan lo mismo. Edwin Shelley, padre de una de ellas, señaló: «Hemos esperado 21 años para que se hiciera justicia». La hermana de otra de ellas, Debbie Dupris, afirmó: «Creo que sentiré alivio pronto pero ahora siento rabia después de verle ahí tumbado y dormido después de lo que hizo a esas chicas». En la actualidad, más de 3.400 presos esperan a ser ejecutados en alguno de los 38 estados de este país en los que todavía está vigente la pena capital, resucitada en 1976.