El mundo entra en un cambio de proporciones gigantescas que se deja notar en todo, menos en la histérica e irreal campaña de las elecciones gallegas.
01 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Vivimos en el presentismo. Caminamos con los ojos en los pies, como si llevásemos una pesada carga sobre los hombros, y somos incapaces de levantar la mirada. Si lo hiciésemos, nos percataríamos de que ya hemos recorrido la mitad de la década y que en nada nos colocaremos en el 2010. Y veríamos que el próximo cruce de caminos está a 48 días de distancia. Si nada se tuerce, cuando se acabe la próxima legislatura estaremos en el año 2009. Para entonces ya habrán pasado muchos trenes. Por ejemplo: habrán llegado a su esplendor las tecnologías de la comunicación. Las personas y las empresas conseguirán lo más parecido al don de ubicuidad, y las palabras centro y periferia habrán perdido su significado actual. También se habrá consolidado el fenómeno de la globalización, y el mundo será un gran mercado con fuertes presiones internacionales, sin sitio alguno para los débiles. El sector primario no se parecerá en nada al que conocimos; países hoy dormidos inundarán el mundo con sus productos, y la interrelación y las migraciones modificarán mentalidades, economías y culturas. Todo será distinto. Cambiarán las fuentes de energía y el reparto del agua. Cambiarán la distribución de la población y el modelo de ciudad. Cambiarán el ocio y el empleo. Cambiarán incluso los impuestos y la financiación autonómica. Está sucediendo. Lo sabemos. Pero tenemos otras prioridades. No hay más que ver en qué piensan algunos dirigentes políticos. Van a pasar la próxima campaña electoral absolutamente volcados en ponerse verdes. Van a enzarzarse en histéricas peleas para llamar nuestra atención, en lugar de plantearnos sus propuestas para encarar el difícil futuro que se nos echa encima. El problema no es sólo que no sepamos dónde estará Galicia en el 2009. Lo más grave es que el tren no espera. Y entonces será demasiado tarde para subirse a él.