Emigrando sobre la marcha

Ruth Nóvoa de Manuel
Ruth Nóvoa OURENSE

GALICIA

Alicia Soraya Suárez Álvarez Nunca pensó en dejar Quito pero el destino se empeñó. Hizo escala en Suiza y, no podía ser de otro modo, se enamoró de un gallego en el país alpino.

27 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

La historia de Alicia es una historia atípica. Nunca vio España como la tierra prometida. En realidad nunca se fijó en una España que, en la vorágine de Quito, era simplemente un toro y una sevillana. Nunca pensó en ponerse el apellido de inmigrante. La suya no es una historia previsible. Su vida era un punto de cruz, sencillo, hasta que decidió cambiar a la locura de los bolillos de su tierra de adopción. Después de estudiar diseño y patronaje montó su propio negocio. «Era una microempresa en la que yo lo hacía prácticamente todo. Además, daba clases de patronaje». Fue entonces cuando empezó a conjugar, como si fuera un verbo, el estrés. «Trabajaba con agencias de modelos y presentaba colecciones para lanzamientos de productos. También diseñaba uniformes de empresas, tomaba las medidas a las chicas, los llevaba a estampar y a veces me quedaba toda la noche cosiendo para entregar un pedido», recuerda con nostalgia. Por un chico (y por lo agotada que estaba) se fue de vacaciones a Suiza. Fue en 1999. La historia no llegó a más, pero la estancia de un mes se prolongó. Pasó quince días con su prima, que se encargó de convencerla de que lo que necesitaba era la tranquilidad de un país de postal de Navidad. Conocer al que hoy es su marido, un ourensano con toda la familia emigrada en Suiza, fue el empujón necesario para, sin casi pensarlo, cambiar de vida. En tres días su prima le encontró un trabajo. Emigración instantánea. Y fue en el país alpino donde empezó a acostumbrarse a la que la gente la mirara con cara de extrañeza. «Alguna vez me tocaron el cabello para saber si era de verdad, si era mío», comenta recordando que en la civilizada Suiza no lo pasó nada bien. Empezó a tratar de tú a un racismo entendido como desconcierto ante lo diferente. En Ourense, su experiencia fue una dicotomía. Por un lado, habla con adoración de las personas con las que trabaja o ha trabajado. Por otro, traga saliva cuando cuenta esas anécdotas que le gustaría borrar de su cuaderno de bitácora personal. «Al principio me miraban con un bicho raro. Una vez estaba parada en una esquina y me preguntaron ¿cuánto? ¡Pero si estoy tapada de arriba a abajo!, pensaba yo. Lloraba y me encerraba en casa», rememora todavía indignada. «Jamás, en la vida, pensé salir de Ecuador». Lo dice sorprendida por la cantidad de cafeterías que hay en Ourense y por la cantidad de gente que hay en las cafeterías. Su filosofía de la vida todavía no se ha adaptado a la caña y a la tapa. Lo dice en uno de los escasos ratos libres que le deja el puñado de trabajos (hasta cuatro) con los que se gana la vida, en la hostelería y en el servicio doméstico. Lo dice con pena, después de que no funcionara la cafetería que montó con su marido y que era un sueño. Lo dice mientras mastica el futuro.