En directo | La vida en la comarca gallega con más movimientos sísmicos En este municipio lucense son muchos los vecinos que duermen con las zapatillas, la bata y la linterna muy a mano; el terremoto puede llegar a cualquier hora.
22 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.La tierra está intranquila en Triacastela y sus aledaños. Da tumbos, está nerviosa. Tiembla. La última vez que lo hizo fue el pasado jueves. Los sismógrafos registraron una sacudida de magnitud 1,5. Como estas, e incluso mayores, las hubo por decenas a lo largo del año pasado y, según los expertos, seguirá habiéndolas. La población no las tiene todas consigo. Hay dos bandos. En uno están los que reconocen abiertamente que están preocupados y en el otro los que aseguran, con firmeza dudosa, que el asunto no les quita el sueño. «Eu deixo as zapatillas e a bata ao pé da cama», asegura Isolina, una de las peluqueras del pueblo. Ella sería para Protección Civil un buen modelo de ciudadana precavida. «Tamén deixo preparada a linterna por se acaso se vai a luz», confiesa mientras le da un buen tajo a la melena de un mozo del pueblo. La peluquera es de las que asegura que los temblores la aterrorizan. «Son unha obsesión. Se cadra estamos tan asustados que calquera cousa nos pon en vilo. É polo ruído que fan», explicó. Isolina anda con la mosca detrás de la oreja: «Xa desconfiamos de todo». Dice esto porque a algunos vecinos del pueblo no les gustan nada las fuertes explosiones de una cantera que hay en la zona. Yolanda, la hermana de Isolina, parece llevar lo de los temblores con más tranquilidad aunque el registrado el fin de semana de Reyes, de magnitud 3, la volvió a asustar. «Xa case son unha cousa normal, pero mire, se nós aquí pasamos medo, ¡que non pasarían os de Asia!, pobres», lamenta. Al carpintero del pueblo, cuando se le pregunta sobre el asunto, opta por colocarse en un claro fuera de juego: «Mire, eu non llos sinto porque lle vivo cerca de Samos». Otra que tampoco se enteró, al menos del último fuerte seísmo, el de Reyes, fue la farmacéutica. Estaba en Sarria. Luego la llamaron de una emisora de radio para que contara y fue el periodista quien la informó. La responsable de la farmacia asegura que las sacudidas repentinas de la tierra no le hicieron aumentar las ventas de tranquilizantes. Nadie se le presentó pidiendo remedios de ese estilo para hacer frente a posibles desajustes emocionales motivados por cuestiones sismológicas. El psiquiatra lucense Gonzalo Paz Doel, autor de un libro sobre la influencia del tiempo meteorológico en las personas, consultado sobre los efectos de los terremotos dijo que seguían viendo en las consultas personas que presentaban fobias y problemas relacionados con los mismos. «Non quero nin oir falar» El bar más próximo al consistorio y al campo de la feria está concurrido. Los clientes, ocho hombres ya maduros, contestan con relativa desgana, y no todos. El tema no les chista. Quizás hubiera sido mejor no haber sido tan directo y antes hablar algo del Real Madrid. «¿Houbo o outro día un terremoto?», dice el hombre que atiende el negocio cuando se le pregunta si lo sintió. «Mire, xa non quero falar do tema. Canto menos pregunten deso mellor. Pasámolas canutas e agora non quero saber nada. Son os da televisión e os dos xornais os que están chamando sempre e eu quero lembrar o menos posible. Xa nunca leo nada diso», explicó. El hostelero comentó que, tras el terremoto de mayo de 1997, de una magnitud de 5.3, le enfermó un familiar. «Temos que aguantar. ¿Que lle parece? Non nos queda outro remedio», contesta uno de los clientes del bar. Después del núcleo urbano de Triacastela la siguiente parada fue en la aldea de San Cristobo do Real, a muy pocos kilómetros de la localidad pero ya en territorio de Samos. El pueblo, con una docena de casas, está partido por el río Sarria y escondido en una vaguada. Estos días un grupo de obreros trabaja en la restauración y reparación de la pequeña iglesia parroquial. Los vecinos aseguran que le aparecieron algunas grietas como consecuencia de los efectos de los terremotos. Es posible pero tampoco hay que olvidar la antigüedad de la construcción y que estaba un poco abandonada. Antonio González es el primero que se somete al interrogatorio sísmico. «Estoutro día aínda temblaron as chapas todas», se refería a las que estaban colocadas en el tejado. «¿Non ten medo a que un día caia a casa?, pregunto. «¿Que medo, home? Pero non ve que estas son coma castelos (señala el grosor de una de las paredes que es, calculo, de uno 30 o 40 centímetros). O peor é para as novas que cuartean todas?». Antonio tuvo una legión de cabras. Ahora sólo le queda el perro. Ni ellas, ni el chucho de palleiro anuncian terremotos. «Pero xa oiu que no sureste asíatico os animais déronse conta do maremoto e fuxiron», le informo. «Serían os de aló porque os de acó, deso nada. Alomenos aos meus non lles noto nada», respondió este vecino. Amelia López es otra de las vecinas de San Cristobo. Entre el ajetreo de ir preparando el ganado responde que detecta perfectamente las múltiples sacudidas que se producen en la zona. Reconoció que tenía miedo pero confía en que todo vaya transcurriendo como hasta ahora. Otra vecina del lugar, Francisca Losada, Paquita, lo lleva mucho peor. «Me dan muchísimo miedo porque ando muy mala de la espalda y aquí estoy dejada de la mano de Dios», asegura. Vivió muchos años en Madrid y dijo que estaría curada si siguiese residiendo allí. Ella, además de los terremotos, le preocupa, y mucho, la atención que le dispensan a sus dolencias algunos médicos.