Abandonó su tierra en busca de paz y tranquilidad, pero encontró estereotipos ligados a su gente que, según él, no son más que generalizaciones sin sentido
04 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Por las ansias de preservarse y de prosperar en un clima menos violento, José Luis Río García sacrificó las relaciones filiales y de amistad para buscar un lugar donde poder despertar al día siguiente sin temor. Vivía en Bogotá, ciudad a la que se había trasladado hacía unos seis años. Pero la extrema violencia en sus calles y la imposibilidad de planificar un futuro le abrieron las alas y se sumergió en el remolino de la aventura. Eligió España. Luego un punto concreto de su mapa, A Coruña, que considera un edén de paz y tranquilidad. Ya en A Coruña, se desataron las ganas de volver a la facultad y seguir con el tercer ciclo de la carrera de Ingeniería Mecánica. Pero no había contado con un hecho: en el país del receptor el inmigrante propone y el país dispone. Su ilusión se estrelló contra el muro de la homologación. Cuatro años después, aún está esperando la decisión del Ministerio. Mientras tanto asiste a clases en el campus de Ferrol, una decisión que le llevó a abandonar un trabajo prometedor. En realidad dos fueron los motivos que le obligaron a abandonar este trabajo. Primero, una enfermedad en ambos brazos, luego porque había que estudiar. Era, dice, «estudiar o trabajar». Afirma estar a gusto en su mundo universitario, «tal vez porque allí nadie compite con nadie». No se ha puesto en marcha el binomio trabajo y convivencia con extranjeros, un cóctel explosivo que hace rechinar los dientes a los nativos que acusan a los extranjeros de robarles puestos de trabajo. Reconoce que el futuro aquí no promete. Pero el de su país es aún más incierto. La mala etiqueta puesta a los colombianos no le deja vivir y crea estereotipos que quedan pegados a la piel como una lapa, asegura mientras mira la mesa absorto. «No se está valorando a los colombianos como se debe. Sé que existen mafias, que hay gente por el mundo adelante que causa mucho daño, pero no todo colombiano es mafioso o vende droga, o se dedica a robar en las tiendas». Pero las palabras de García no bastan. En la calle, decir colombiano es decir mafioso y, en el caso de las chicas, putas, simplemente. «No se debe juzgar a toda una nacionalidad por la acción de unos pocos». La generalización, con su garras bien afiladas, abraza este mundo en el que, como él dice, se aplica con tremenda injusticia. Todo pasa como en la fábula El lobo y el cordero, del escritor francés La Fontaine: «Si no eres tú, es uno de tus hermanos». Ahí radica la esencia del fenómeno del racismo: generalizar porque sí.