Los embrollos del ministro Blunkett

M. Allende

GALICIA

ADRIAN DENNIS

El responsable de Interior del Gobierno británico se enfrenta a las acusaciones de haber utilizado sus influencias para favorecer a su amante y llevarla de viaje con dinero público

29 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Otro político británico podría estar al borde del suicidio político por los desmanes acontecidos en su vida privada. Esta vez de trata de David Blunkett, el ministro del Interior y alfil de Tony Blair, a quien se le acusa de haber abusado de su autoridad al acelerar la tramitación de un visado para la niñera empleada por su amante, con la que, al mismo tiempo, discute la posible paternidad de dos niños. Blunkett se hizo muy popular en la sociedad británica por tratarse del primer ministro invidente que llegaba a la sede de Westminster. La imagen de un hombrón avanzando del brazo de Blair en un noviazgo de intereses por los circunloquios políticos, o esa otra tirado por su perro guía, que dormita como otros muchos parlamentarios británicos en las largas y soporíferas sesiones en la Cámara de los Comunes, se han hecho tan familiares como el bolso de mano de Margaret Thatcher, la imagen gris e insípida de John Major, o las maneras pontificias de Blair. Pero en la política inglesa parece que hasta los ciegos ven más que un lince. Así, a pesar de la imagen escasamente provocadora que luce, a este hombre la política le ungió de la erótica suficiente como para ser durante tres años el amante de Kimberly Quinn, directora de la revista política The Spectator y esposa del editor de la revista Vogue, Stephen Quinn. Durante el tiempo que duró el lío amoroso, Kimberly dio a luz a una niña de dos años. En la actualidad, la mujer esta nuevamente embarazada. Ni corto ni perezoso, Blunkett defendía públicamente la paternidad de las dos criaturas, un extremo que era discutido y negado por la mujer. Desoyendo a sus asesores de imagen y a los comisarios políticos del Partido Laborista, Blunkett en un arrebato de responsabilidad paternal, se ofreció a someterse a una prueba de ADN para confirmar que él es el padre, algo que su ex amante le advirtió que no hiciera para no quedar en ridículo en público. Así las cosas, parecía que todo iba a quedar en un simple fregado post relación adúltera. Sin embargo, la situación todavía iba a empeorar. El dominical The Sunday Telegraph informaba de que Blunkett se había valido de su posición de ministro para ayudar y favorecer a su amante de origen norteamericano. Entre estos favores está la presunta intervención para acelerar los trámites del visado solicitado por la niñera filipina de su amante, algo que Blunkett niega argumentando que únicamente se ocupó de que la solicitud estuviera debidamente cumplimentada y sin que su despacho interviniera luego para nada. Otras acusaciones vertidas contra Blunkett señalan que el ministro llevó a su amante en un viaje de placer a España acompañado por sus guardaespaldas y todo a costa del contribuyente. O que ordenó a su chófer oficial que trasladase a la mujer a su residencia de campo en Derbyshire. La misma información indica que Blunkett llegó a compartir información confidencial sobre el 11-S con su amante. Venganza Lo más lamentable del suceso es que todo parece apuntar a que la fuente de la información publicada por The Sunday Telegraph ( pertenece al mismo grupo editorial que The Spectator) es la propia amante, que busca venganza por el escándalo de la paternidad, algo que, según amigos de la periodista, la ha dejado «destrozada psíquicamente». Ahora David Blunkett ha pedido una investigación independiente sobre estas acusaciones de abuso de su posición, al tiempo que Tony Blair ha salido en defensa de uno de sus «más destacados ministros».