LA SEMANA TRÁGICA de Zapatero ha sido estruendosa como el batir de huevos en una iglesia.
27 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Moratinos, empeñado en desterrar a Aznar, le bautiza golpista el día que Chávez nos incluye en el eje de países con líderes revolucionarios. Veinticuatro horas después, Castro anuncia que concede a España relaciones diplomáticas plenas. ¡Qué alivio, comandante! Al día siguiente, Muamar al Gadafi entrega a Chávez el Nobel por la Paz. Don Juan Carlos debió sospechar que, en su ausencia, había una conspiración para que se le atragantase el pavo de Acción de Gracias en el rancho tejano de los Bush. A un puñado de diputados socialistas los pillan luego en un renuncio. Su ausencia del Parlamento que les envía la nómina a fin de mes (sálvese a los ministros), impidió modificar el sistema de elección del poder judicial. Iba camino, al fin, de concluir la semana trágica, cuando el viernes comienza a batir huevos Rovira: será mal catalán el que apoye la candidatura de Madrid para el 2012. O sea, somos malos gallegos todos los que gozamos por televisión con Barcelona 92. Entre el estruendo, los empresarios delimitaron el terreno de juego de la economía española: el Mediterráneo. En la propuesta que elevaron a Fomento, trazaron una diagonal imperfecta que secciona la península desde Algeciras a Aragón. Desde Madrid hacia el Este, la CEOE propone financiar un plan de infraestructuras a condición de explotarlas. Es la mitad de la tortilla española que les interesa comerse. La rica. La otra, de Madrid hacia el Noroeste, la dejan al albur de la solidaridad del Estado. En mala hora, porque el terreno donde se juegan los intereses de la política española coincide con el pedazo de la tortilla que cortaron los empresarios. Y porque el Gobierno padece una empanada mental.