Sólo eran niños. Niños sin rabia. Niños sin odio en su primer día de colegio. Niños como los suyos, como los míos. Eran niños limpios, con sus libros nuevos, que entraron en el colegio para celebrar una fiesta. La fiesta de la educación que nos hace libres. De alguna manera, todos han muerto. Docenas, centenares de niños muertos por la metralla del odio, asfixiados por el abrazo de las banderas, tan traidor. Algunos cayeron en el acto. Otros lo harán en los próximos días. El resto vivirá escuchando para siempre el estruendo de las explosiones, el zumbido de las balas, el espanto de los gritos de sus compañeros, de sus hermanos. Nadie puede vivir con eso. Para nosotros nos quedan las imágenes que hoy nos estremecen pero que empiezan a ser demasiado cotidianas. Nueva York, Bagdad, Madrid... Pero los niños... Ellos deberían estar a salvo de todo, en una tregua permanente, como una caja de seguridad para que sigamos creyendo que hay un futuro mejor. Esos niños medio desnudos, ribeteados de sangre, con el horror clavado en el alma y el odio marcado tal vez ya para siempre en el corazón, son nuestra vergüenza. Hoy parece que lo hemos perdido todo.