Sobrevivió a tres atentados y se vino al sur de Galicia en busca del futuro y la tranquilidad que la violencia endémica de su país no garantizan
08 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Desde que llegó a España, Wilson Fontecha se siente como recién salido de la ducha, por cuyo desagüe se han ido disipando en los últimos años los restos de su azarosa vida como policía nacional en el país del café y de García Márquez. El ex agente Fontecha carga con el estigma de la duda allá donde va, con una especie de carné maldito que hace saltar la alarma de la sospecha nada más pronunciar el gentilicio que lo identifica como nativo de Colombia. «Dígame -inquiere-, ¿cuál es la primera idea que le viene a la cabeza cuando escucha la palabra colombiano? ¿Acaso no la relaciona enseguida con droga, corrupción, violencia o prostitución? En Colombia hay de eso, pero también hay mucho de lo otro, de lo bueno. Tristemente, esa es la imagen de mi país en el mundo», sentencia. Quería ser militar, pero se metió a policía por influencia materna. Estudió, aprobó y ejerció cuatro años en Bogotá, al término de los cuales concluyeron sus servicios a un país presa de la desmedida ambición del egoísmo más recalcitrante. Su franqueza abruma: «Me tocó trabajar en la zona más caliente de Bogotá, que no es la de las comunas, la de los barrios pobres o la de la alta delincuencia, sino la zona light; esto es, la de los ricos, la de la gente que manipula el país. Allí -enfatiza- no sólo te enfrentas al delincuente común, sino también al congresista, al senador, al general, al hijo del general y hasta al primo del hijo del general. Eso me costó mucho, mucho, mucho». Infierno en el paraíso Hombre pulcro, educado y de buenas maneras, se sincera como quien se confiesa ante el umbral de la muerte, cuya sombra ha visto cernirse no pocas veces sobre su atribulada vida: «Tuve tres atentados de asaltantes de bancos y me libré de los tres. Suerte, porque cuando la muerte le llega a uno, no se le puede esconder». Wilson Fontecha es consciente de que aquellos cuatro años en el infierno del arrebatado paraíso caribeño lo marcaron a fuego: «No tengo la conciencia limpia, pero tampoco problemas con la justicia. Ya no soy persona que pueda decir 'yo no fui corrupto', ni que nunca me dieron dinero. El policía (colombiano) que no recibe dinero, no es policía». Pero no sólo con pesos se compran voluntades, según reconoce: «Había personas -afirma- que te agradecían los servicios prestados comprándote una moto para que siguieras haciendo tu labor, pues sabían que los policías teníamos que costear de nuestro bolsillo el mantenimiento de los vehículos patrulla».