Como en las apuestas más arriesgadas, el madrileño Francisco Javier Morales siempre pide el cien por cien. Su jefe le dio quince días de vacaciones y él consiguió quince más para hacer el Camino desde Roncesvalles. Sin embargo, una semana después de iniciar su peregrinaje la dirección de la empresa de seguridad en la que trabaja le dijo que debía volver cuanto antes. Y Francisco Javier se la jugó. Doble o nada. O caminaba más o no podría llegar a Santiago. Y caminó más. El doble, para ser exactos, porque desde Burgos sus etapas fueron de 50 kilómetros diarios frente a los 25 habituales. Con el no hay dolor como lema, este ex legionario de 29 años llegó al albergue de O Cebreiro diciendo: «Ya no siento absolutamente nada». El hombre bala asegura que realiza la ruta «por motivos culturales, por el buen vino y la buena comida, y porque me gusta la paliza física, el dolor de piernas y la paliza mental». Con estas premisas es lógico que haya optado por viajar solo: «No quiero esperar por nadie ni forzarlo a seguir mi ritmo». Una velocidad que, confiesa con regocijo, lo llevó a adelantar a peregrinos en bicicleta. Enamorado de Galicia -«la tierra donde siempre engordo cinco o seis kilos»-, el sábado vuelve a Madrid con idea de repetir «si mi mujer me deja», o volver a jugársela y convencerla de que «pasito a pasito -porque estoy dispuesto a ir más despacio- se llega a Santiago».