¿Quién cuidará de nosotros?

La Voz

GALICIA

MIGUEL VILLAR

14 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EN UNA VUELTA hace un siglo alrededor de la muralla de Lugo, uno se encontraba con una persona de más de 65 años cada veinte lucenses que pasaban; ahora sucede cada seis. Entonces, la esperanza de vida de un gallego era de 35 años; ahora, si hay suerte, pasaremos de largo de los ochenta. Pero, ¿quién cuidará de nosotros entonces? A la regente del geriátrico clandestino desmantelado días atrás en Lugo le sobraban los clientes, porque Galicia envejece a una velocidad frenética. La ironía consiste en que, al fin, vamos de primeros en algo: en hacernos viejos. Duramos lo mismo que catalanes, valencianos o madrileños, pero nacemos muchos menos, porque este país no seduce a los inmigrantes que le están levantado la paletilla de la maternidad a la España rica, la de abajo, la del Mediterráneo. Y sin ironías, resulta que Galicia es la comunidad con el porcentaje más bajo de España -a Europa, mejor no mirar- de plazas en geriátricos. Las cartas están servidas para que presenciemos como a nuestro alrededor comienzan a crecer focos de una marginación social hasta ahora desconocida. Sus víctimas son los ancianos de escasos recursos que, atrapados en el proceso de una sociedad arcaica a otra moderna, se hallan al final del camino solos y pobres. Los 240 euros que abonaban al mes a la regente de esa pensión geriátrica descubierta en Lugo sólo bastarían para cubrir media semana en una residencia privada. Para una pública, hace falta además tener año y medio de vida por delante para hacerse con una cama. Viejos y modernos a la vez. De la mezcla resulta la soledad de miles de ancianos. Gallegos que se quedan solos donde nacieron, mientras hijos e hijas participan de la emigración interior hacia las áreas urbanas, donde viven en pisos con los metros contados en los que no cabe otra cama, y donde la mujer reivindica su derecho a incorporarse al mundo laboral en igualdad de condiciones que el hombre. Ante las deficiencias asistenciales a la tercera edad y frente a las que se avecinan, el Capital ya ha reaccionado. La inversión en geriátricos privados es un negocio necesario y seguro porque tiene la demanda garantizada; integrada por aquella minoría que pueda pagarlos con las rentas o las propiedades. Por el otro lado, el del Público, el incremento de la oferta se salda anualmente con números rojos, al crecer a mayor velocidad los pacientes que las camas. Sin embargo, la capacidad de cambiar el futuro de marginación que depara a los ancianos infortunados se ha encasquillado también en estas elecciones. Rajoy y Zapatero no inciden en aumentar el gasto para conquistar el voto, sino en bajar los impuestos. Y nosotros, irresponsables con nuestro propio futuro, nos alegramos. ¡Mira que somos parvos!