¿Quién cuidará de nosotros?

La Voz

GALICIA

MIGUEL VILLAR

EN UNA VUELTA hace un siglo alrededor de la muralla de Lugo, uno se encontraba con una persona de más de 65 años cada veinte lucenses que pasaban; ahora sucede cada seis. Entonces, la esperanza de vida de un gallego era de 35 años; ahora, si hay suerte, pasaremos de largo de los ochenta. Pero, ¿quién cuidará de nosotros entonces? A la regente del geriátrico clandestino desmantelado días atrás en Lugo le sobraban los clientes, porque Galicia envejece a una velocidad frenética. La ironía consiste en que, al fin, vamos de primeros en algo: en hacernos viejos. Duramos lo mismo que catalanes, valencianos o madrileños, pero nacemos muchos menos, porque este país no seduce a los inmigrantes que le están levantado la paletilla de la maternidad a la España rica, la de abajo, la del Mediterráneo. Y sin ironías, resulta que Galicia es la comunidad con el porcentaje más bajo de España -a Europa, mejor no mirar- de plazas en geriátricos. Las cartas están servidas para que presenciemos como a nuestro alrededor comienzan a crecer focos de una marginación social hasta ahora desconocida. Sus víctimas son los ancianos de escasos recursos que, atrapados en el proceso de una sociedad arcaica a otra moderna, se hallan al final del camino solos y pobres. Los 240 euros que abonaban al mes a la regente de esa pensión geriátrica descubierta en Lugo sólo bastarían para cubrir media semana en una residencia privada. Para una pública, hace falta además tener año y medio de vida por delante para hacerse con una cama. Viejos y modernos a la vez. De la mezcla resulta la soledad de miles de ancianos. Gallegos que se quedan solos donde nacieron, mientras hijos e hijas participan de la emigración interior hacia las áreas urbanas, donde viven en pisos con los metros contados en los que no cabe otra cama, y donde la mujer reivindica su derecho a incorporarse al mundo laboral en igualdad de condiciones que el hombre. Ante las deficiencias asistenciales a la tercera edad y frente a las que se avecinan, el Capital ya ha reaccionado. La inversión en geriátricos privados es un negocio necesario y seguro porque tiene la demanda garantizada; integrada por aquella minoría que pueda pagarlos con las rentas o las propiedades. Por el otro lado, el del Público, el incremento de la oferta se salda anualmente con números rojos, al crecer a mayor velocidad los pacientes que las camas. Sin embargo, la capacidad de cambiar el futuro de marginación que depara a los ancianos infortunados se ha encasquillado también en estas elecciones. Rajoy y Zapatero no inciden en aumentar el gasto para conquistar el voto, sino en bajar los impuestos. Y nosotros, irresponsables con nuestro propio futuro, nos alegramos. ¡Mira que somos parvos!