La madrileña Nadia Bermúdez tiene 22 años y es una adicta al Camino. Si fuese posible, se lo inyectaría en vena. Su primer contacto con la «droga xacobea» tuvo lugar en 1995 después de que su padre, según sus propias palabras «un obseso peregrino», le metiese el gusanillo en el cuerpo. Ese año, y como era menor, recorrió el tramo de Ponferrada a Santiago en compañía de su madre. «Aquello sí que era Camino, no lo de ahora», dice lamentándose de que en la actualidad haya «tantos intereses». Un año después de su primera vez, Nadia se atrevió desde Roncesvalles; en 1997 desde Burgos, y en 1998, como cura de desintoxicación y para probar «cómo era estar del otro lado», decidió ser hospitalera voluntaria. Así, en la primavera de 1999 hizo el cursillo para atender a peregrinos en los albergues y en verano de ese año, en pleno Año Xacobeo y como si de un casco azul se tratase, la destinaron al albergue de O Cebreiro, un lugar muy especial para ella: «Porque sufría mucho en la subida». Aquella experiencia que le descubrió que «existe algo más que Madrid» fue para Nadia «una locura. Había tanta gente que se convirtió en algo muy agobiante, pero también muy gratificante porque todos llegaban cansados y cuando les puedes ayudar te sientes muy bien». Nadia es incapaz de explicar qué es lo que tanto le engancha al Camino. Sabe, sin embargo, que no le mueven motivos religiosos, sino «un misticismo personal». «Durante la peregrinación -afirma- no tienes que pensar en nada, pero al mismo tiempo tienes días enteros para pensar en ti misma». Reconoce que el sufrimiento existe, «pero es sólo físico, te cansas, pero te cura de otras enfermedades».