Con menos de un año de existencia, la Plataforma de Familiares y Amigos de Guardias Civiles trata de democratizar y desmilitarizar el instituto armado
07 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Texto Son tres y están cansadas, casi se podría decir exhaustas. María José Barbosa es la que lleva la voz cantante, para algo es la delegada provincial en Pontevedra de la Plataforma de Familiares y Amigos de Guardias Civiles. Acaba de dejar a sus hijos en el colegio y el domingo participó en una concentración en Salamanca ante la Subdelegación del Gobierno: «Fue algo ridículo porque, como nos prohibieron manifestarnos, tuvimos que dividirnos en grupos de 19, ya que a partir de 20 se podría entender que estábamos vulnerando la ley». La historia de este grupo de mujeres, aunque en la plataforma hay «algún que otro agente jubilado», apuntilla Barbosa, comienza el 12 de octubre del año pasado en Valencia cuando un grupo de esposas de guardias civiles se manifiestan demandando más seguridad y condiciones de vida dignas. La medidas se expanden como la pólvora por toda la piel de toro y en diciembre, concretamente el Día de la Constitución, un grupo de gallegas participa en una concentración en la capital de España. Aquel día, cerca de 2.500 personas reclamaron la democratización y desmilitarización del instituto armado, «ya que nuestros maridos no pueden hacerlo por el propio carácter militar. Tienen prohibido decir lo que piensan». Pero no sólo luchan por mejorar las condiciones laborales de sus maridos o esposas, también tratan de cambiar los estereotipos que han marcado durante años a este cuerpo y que siguen siendo un pesado lastre social. María José Barbosa, mientras apura un café con leche, lamenta que «es triste que hables con una persona y que cuando se entera de que eres mujer de guardia civil cambie la expresión de su cara». Tras meditar unos segundos, añade que «no siempre lo decimos, y además a nuestros hijos les recomendamos que no digan la profesión de su padre...». El motivo no podía ser otro que el terrorismo -«nunca sabes quién se sienta a tu lado, por lo que preferimos que estos datos sólo lo sepan los íntimos»-. Es cierto que Galicia es tranquila, pero no es menos cierto que «nuestro problema, aquí en Vigo, es el Grapo. Si bien sus acciones no son constantes, sí que actúa cada cierto tiempo y ya tenemos problemas suficientes como para arriesgar la vida de nuestros maridos sólo por pertenecer a la Benemérita». No cabe duda, explica esta mujer, que sus maridos defienden con su trabajo «los derechos de los ciudadanos, y los terroristas los matan como a perros». Además, en los últimos tiempos se tiene el sentimiento generalizado de que «los etarras tienen más derechos que los agentes». Por eso la lucha de la Plataforma se concentra «en la equiparación en derechos y obligaciones con los demás cuerpos de seguridad». Para lograr el objetivo, estas mujeres reclaman la posibilidad de crear sindicatos para que «los agentes puedan exigir sus derechos sin miedo a represalias». Exigen la aplicación de la normativa de Riesgos Laborales para evitar incidentes como los del penal de A Lama, «donde agentes encargados de trasladar a reclusos enfermaron de tuberculosis». Estas circunstancias, junto a «la presión de algunos mandos, provoca multitud de bajas psicológicas. Si ETA, y es sólo un ejemplo, mata a 50 guardias en un año, los suicidios son 150, y eso no se cuenta», dice Barbosa. Ahora, realizan una campaña para pedir el indulto de la agente coruñesa Asunción López Arias, condenada en enero del 2002 por un tribunal militar a 4 meses de prisión por abandono del servicio de armas: «Es desproporcionado. Lo único que hizo fue recorrer unos metros para felicitar la pascua a unos compañeros».