ALBERTO MAHÍA CRÓNICA Santiago Oviaño retornó a Galicia 25 años después de emigrar a Venezuela
05 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.SPERO a un emigrante con la camisa blanca por fuera del pantalón, sandalias y sombrero. Con acento de allá. Y aparece uno de los nuestros. Ni camisa, ni sandalias, ni sombrero, ni acento. De Venezuela sólo se le pegó su mujer -tiene ojos azulísimos- y viaja alegre cogida a su brazo. Ella se llama Perla Rivero y él Santiago Oviaño. Saluda como un gallego, habla como un gallego, se ríe como un gallego y se pega por pagar los cafés como un gallego. Sin duda alguna, estamos ante un gallego. Y aunque sin trabajo, por lo que dice y como lo dice, es feliz. Vaya por delante su tarjeta de presentación: «Con vivir en A Coruña ya es suficiente para mí». ¿Y el trabajo? Responde que se ofrece «para lo que sea, ya de barrendero, repartidor o periodista». Y es que Santiago Oviaño Cerviño -gallego al cuadrado- estudió Periodismo en la Complutense antes de doblar la esquina de la emigración. Navegó en la lava de todas las ideologías -«antes me entusiasmaba el Che, Fidel Castro... Hoy no»-, trabajó en una zapatería, luego se hizo empresario y con la llegada de Hugo Chávez al poder decidió regresar. Con su mujer y sus dos hijos. Dice que Chávez «aceleró» su regreso. Crisis A este militar no lo traga. Lanza víboras contra él. También habla de aquel país. Lo resumo: blancos, negros, mulatos, guapas; tienen de todo, cataratas, islas, petróleo, mesetas donde los gallos no cantan dos veces porque no encuentran eco y las golondrinas siguen el surco de la tierra como las gaviotas siguen a los barcos. Los dictadores, los demagogos, los liberales salvajes les han dejado en la ruina. Santiago no tolera a sus políticos. Escribe en el aire con manos de zapatero y viene a decir algo así como que Chávez es un vulgar loco que luego degenera en malevo. Idolatrado por las masas, hipnotizó al pueblo. Desde entonces, esperan no se sabe qué. Cuando no se sabe qué se espera, y el pueblo se amotina, sólo le espera la huida. ¿A dónde? Los que son de aquí, como Santiago, lo tienen fácil. Y siendo el gallego un hombre de mil oficios, cualquier esquina bajo el sol es buena. A Santiago, allí, le llamaban musiu -así denominan los venezolanos a los españoles-. Aquí, a sus hijos les llaman en el colegio sudacas. Chico y chica, de 14 y 16 años respectivamente. En Venezuela pasaban el día en la Hermandad Gallega, «por su seguridad». Por lo que explican debe ser una rendija de sol en una calle lóbrega. Fueron visitados por las caravanas electorales de Fraga, Beiras y Touriño. Les dan cursos en gallego, comen pulpo y cocido, tienen colegio, piscina, restaurantes y el recinto está fuertemente fortificado. Hermandad Gallega La Hermandad Gallega en Caracas es un chaleco antibalas que se ponen los gallegos todos los días. «Es el único lugar en el que te sientes seguro», avanza Santiago. Perla, su esposa, amarga la conversación con el asesinato de su hermano, hace nueve meses, a manos de dos chicos que le querían robar su moto. Habla de la violencia que sufre el país, «con más de 300 muertos todos los fines de semana», la corrupción policial, política y social. «En Venezuela no hay riqueza humana», añade Santiago. Cuentan mil anécdotas. De hospitales, de aduanas, de impuestos, de estafas... Hace dos años, todas estas cosas fueron acumuladas como un bulto sobre la mesa de su salón en el privilegiado barrio de Chacao. La familia se reunió y decidió venir a Galicia. Comenzaron los papeleos. Santiago visitó varias veces la consejería laboral de la Embajada de España para tramitar el subsidio de desempleo. Una vez resueltos los problemas, cogieron el avión, con el correspondiente descuento del 25% para los emigrantes. Ahora estudia las ayudas que la Administración autonómica gallega propone para los emigrantes retornados. Santiago sabe que será difícil, pero también sabe que «jamás me arrepentiré de haber vuelto».