ENRIQUE CLEMENTE CRÓNICA Los argentinos han vivido tiempos convulsos durante las últimas cuatro décadas
21 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.ONSIDERADA como el granero del mundo, Argentina vivió entre la deposición del caudillo Rosas en 1852 y el derrocamiento del radical Yrigoyen en 1930 una etapa democrática de esplendor económico, que la colocó en el pelotón de cabeza de Occidente. Desde entonces y hasta finales de los 40 aparecieron amplias capas medias educadas y refinadas que tenían hábitos de consumo y formas de vida similares a los de las naciones más avanzadas. Por aquel tiempo se vivía mucho mejor en Buenos Aires que en Madrid o en Roma y no peor que en Nueva York o Londres. Entre 1950 y 1980 Argentina seguía siendo la envidia de América Latina por contar con una amplia y educada clase media. El problema es que, como señala Carlos Alberto Montaner, los aparatos productivo y administrativo se mostraron cada vez más incapaces de generar y distribuir la riqueza que demandaba esa masa social. El milagro económico de Menem y su modelo de privatizaciones salvajes fue un espejismo que devolvió momentáneamente a los argentinos a los buenos tiempos, antes de precipitarlos en el abismo. La pobreza Hasta mediados de los años 70 la pobreza era una cuestión marginal que sólo afectaba al 5% de los hogares. En el 80 esa cifra subió al 12%, y a finales de la década se disparó por una hiperinflación tan brutal que hizo que en los comercios se creara el puesto de trabajo de cambiador de rótulos de los precios, ya que éstos subían cada pocos minutos. A partir de 1990, la miseria disminuyó gracias a la estabilidad de los precios, pero esta mejoría sólo duró hasta 1994, año a partir del cual fue creciendo de nuevo de forma sostenida. En la actualidad, 15 millones sobre un total de 36 millones de argentinos son pobres, lo que explica por sí sólo la catástrofe económica y social sin precedentes que padece lo que el prestigioso Le Monde llamaba ayer en su editorial «la ineptocracia argentina». Durante las últimas cuatro décadas, los argentinos han vivido tiempos convulsos, pesadillas que ni en sus peores sueños pensaban que pudieran ocurrirle a una nación que se miraba en la elegante Francia. El derrocamiento del presidente constitucional Arturo Illía en 1966 hizo penetrar a Argentina en una larga noche de la que sólo saldría en 1983 y a la que vuelve por el caos social. Una somera enumeración de los sucesos negativos acaecidos durante los últimos 35 años es más que significativa. El hito de la infamia fue, sin duda, el genocidio cometido por las Fuerzas Armadas que detentaron el poder desde 1976 y dejaron un saldo de 30.000 muertos y desaparecidos. Pero a su lado están otros hechos muy negativos: la virtual guerra civil de finales de los 60 y principios de los 70, la humillante derrota en las Malvinas, la hiperinflación, el estallido social, la renuncia de Raúl Alfonsín en quien se había depositado la esperanza de la democracia recuperada, la extensión de la corrupción como una constante de la vida política, el gigantesco endeudamiento que atenaza la economía, el aumento brutal del desempleo y la miseria, la decadencia y empobrecimiento sistemático de la clase media. Balance al que hay que añadir los muertos por las protestas de los dos últimos días. Como escribía ayer Claudio A. Jacquelin en La Nación, «lo que nunca había ocurrido en la Argentina y de lo que los argentinos nos jactábamos ocurrió en todo este tiempo». Un viejo estigma En medio de tantos desastres, Argentina vio también momentos de luz, sobre todo la recuperación del sistema democrático hace 18 años, que ha marcado el periodo más largo de vigencia plena de la Constitución en 70 años y de respeto de las libertades. La renuncia de De la Rúa muestra que la democracia argentina no se podido desembarazar de un viejo estigma. Desde que nació el peronismo en 1945, ningún Gobierno no justicialista elegido por el pueblo ha podido terminar su mandato. Ni Arturo Frondizi (1959-61), ni Arturo Illía (1963-66) -depuestos ambos por sendos golpes militares-, ni Raúl Alfonsín (1983-1989) -que cedió el poder a Menem cinco meses antes de lo estipulado, acosado por una inflación del 200% mensual-, ni ahora «el aburrido» Fernando de la Rúa lo han logrado.