Su célebre plátano pegado a la pared es solo un gesto provocador de este artista que dejó «Susurros» en Serralves. No debería llegarse antes a Londres que a Oporto...
27 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.¿Quién no conoce el célebre plátano pegado a la pared con una cinta adhesiva de Maurizio Cattelán? Esta pieza creada en el 2019 es solo un gesto perturbador y grotesco que fue objeto de mofa y guasa en el mundo entero. Sujeto a las paredes del museo se convertiría en un icono visual de principios del siglo XXI arrastrando con él una oleada de burla y escarnio que, por desgracia, cubre a buena parte del resto de la creación contemporánea.
Sin embargo, Comediante —nombre de la pieza— remite a la tradición de gestos conceptuales de aquellos ready-made «irrespetuoso» realizados por Duchamp o por Manzoni, artistas que ya plantearon una crítica radical a los sistemas de producción y circulación del arte, a la autoridad de las instituciones a la misma idea de lo artístico y hasta el papel del público. Desde que Cattelán lo presentó en la feria Art Bassel Miami, Comediante se convirtió en un verdadero acontecimiento público. ¿Pero hay alguien capaz de creer que esto sea arte?: el plátano fue comido en diversas ocasiones, resultó objeto de acalorados debates, contó con una repercusión mediática y social como nunca antes había recibido ninguna otra obra y, como remate, cada una de las tres ediciones de que consta la pieza, se vendió por 120.000 dólares.
Seguramente, Comediante es la obra donde la experiencia provocadora de este artista haya llegado más lejos. No obstante, para comprender semejante proceso, hay dos componentes a tener en cuenta: en el 2019, Cattelán era ya un artista sobradamente reconocido por su bagaje conceptual impregnado en el humor y la ironía. El otro catalizador es el contexto donde expone: las paredes del museo —o lo que sustituya al museo— que sacralizan las piezas expuestas y las convierten en obras de arte. En este caso es el palacete y el parque de la Fundación Serralves, en Oporto, los elegidos para exponer sus obras con las que nos sorprende, una vez más, por su forma de entender el arte y la vida.
LA EXPOSICIóN
En esta selección de Serralves que tituló Susurros, muestra, como en casi toda su trayectoria, el interés por los iconos históricos tomados de distintas fuentes y momentos. Apoyándose en un estadio intermedio entre la infancia y la edad adulta, la risa y el llanto, la vida y la muerte, siempre con el humor como estrategia crítica, maneja fuentes iconográficas muy variadas, inspiradas en el mundo de la literatura, el cine, la religión o la propia historia del arte, pero reinterpretándolas en función de lo que el artista quiera contarnos. Con el humor como estrategia crítica, imagina sus relatos a través de instalaciones o de pequeños sketches tragicómicos que dispone en relación a los espacios en los que los expone. Por eso prefiere trabajar en locales que no sean precisamente las geométricas paredes blancas del museo, sino el juego con ambientes más vividos —casi siempre de mansiones o jardines—, buscando en sus ángulos y líneas de visión arquitectónica una escenografía donde situar de modo estratégico sus piezas.
Lo primero que llama la atención al entrar en la casa de Serralves, es ese caballo tratado con técnicas taxidermistas que pende solitario del alto techo del atrio de la entrada. Acostumbrados como estamos a imaginar la montura como pedestal del poder y la gloria del victorioso triunfador en los monumentos públicos, Cattelán lo concibe aquí cual piltrafa desmadejada en el aire, como un fardo suspendido en una carga portuaria. Esta mirada teatral y sarcástica se vuelve a veces tierna, como la del niño que no quería crecer (inspirado en la novela de Günter Grass), que, sentado en uno de los balcones del pórtico, nos ofrece cada cierto tiempo un desconcertante redoble de su tambor de hojalata. Mientras, a su alrededor, merodean las palomas observándonos desde lo alto como las cámaras de vigilancia que registran nuestros movimientos cotidianos.
Todo el trabajo de este artista italiano resulta sorprendente, tanto por la poderosa presencia de su mordaz iconografía como por el desinhibido uso de los materiales que emplea en función de lo que quiera contarnos. Es consciente de su trampantojo donde la ironía y la crítica se cruzan, y para ello utiliza lo que le sea necesario: la resina para los cuerpos de los personajes, sus vestimentas habituales, el pelo natural, hasta los objetos familiares que portan. Así concibe esos caricaturescos autorretratos o la hiperrealista figura que representa al papa Juan Pablo II, caído, arrollado por un meteorito; también a Hitler rezando, hasta la mujer mártir (Sin Titulo), de espaldas, con las manos en alto, inmovilizada por vastos listones de madera que la torturan y revelan los estigmas de su cuerpo como los que sufrió la mística medieval a la que está dedicada, cerca de cuyo convento en Alemania se instaló la obra.
Es sorprendente, la réplica en escala menor de la Capilla Sixtina que inserta en el comedor de la casa, la copia rigurosa de los célebres frescos de Miguel Ángel. Una representación que pone en evidencia el modo como el patrimonio cultural es consumido y convertido en un bibelot en la cultura visual contemporánea. Pero tampoco es infrecuente que los atisbos de su identidad latina y sus orígenes clásicos afloren en su trabajo, como cuando el artista utiliza en sus esculturas la talla exquisita y la blancura del mármol de Carrara. Así lo hace en varias piezas presentes en esta exposición, como en los nueve cuerpos alineados, tendidos en el suelo, de su obra All, —una propuesta dramática, que solo se puede concebir en las antípodas de su célebre plátano—. Pero Cattelán aún va más allá: la Exposición de Serralves nos recibe presidiendo sus jardines con una mano gigantesca haciéndonos la peineta —réplica de la obra colocada delante de la Bolsa de Milán—. Su dedo índice levantado sobre un alto pedestal imitando mármol —porque aquí sí es cartón piedra— es increíble
GALICIA/OPORTO
Como en tantas otras ocasiones, es un acierto que lo mismo que significó el aeropuerto de Oporto, podamos disfrutar los gallegos de las magníficas propuestas artísticas de la Fundación Serralves, como eje de coordenadas a nivel cultural del noroeste peninsular. Recuerdo que en 2006 el equipo que trabajaba conmigo entonces, —historiadores del arte de la USC, ente otros el actual director del Reina Sofia, arquitectos y geógrafos— compartimos un libro: Nuevas visiones del paisaje: La vertiente Atlántica (CGAC 2006), donde, con una óptica interterritorial y múltiples puntos de vista, analizábamos las coincidencias de la naturaleza, las gentes y la arquitectura del norte de Portugal y Galicia. En él ya reivindicábamos la necesidad de un vínculo actualizado entre ambos países. Por eso comparto el razonado artículo que escribe Nuno Nabis Freire: Vigo-Oporto: una conexión que el centralismo se niega a ver (La Voz de Galicia 3 ?III-2026)—, sobre la necesidad de poner al día esa conexión, porque no debiera llegarse antes a Londres que a Oporto.
??? Marisa Sobrino Manzanares. Catedrática de Historia del Arte de la USC.