Mezcla con lujuria del lenguaje realidad y ficción. Novelas y memorias apenas se distinguen
14 nov 2025 . Actualizado a las 09:52 h.Decían que tocaba América y mujer. Tocó América y hombre. Y fue Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) el premio Cervantes, un autor no demasiado conocido en España, salvo por sus libros editados en un sello garantía de calidad como Tusquets. Conviene acercarse a él con todo el mimo y un diccionario. Estamos ante un Cervantes total. Celorio es un creador que no distingue entre realidad y ficción, como el Quijote. Ha firmado novelas, memorias y ensayos, pero siempre trabaja con pulso firme la misma ruta: «No hay distinción entre lo vivido y lo inventado». Estamos ante un gigante doméstico. Varias claves tiene su biografía.
Una de ellas es su familia. Gonzalo Celorio fue el hijo número once de doce. Y sus orígenes familiares viajan de México a Asturias. De México a Cuba. De Cuba a Canarias. De México, de nuevo, a Nicaragua. Es un árbol frondoso de muchas ramas. Así es que, de esta peculiar prole nacen muchos de sus escritos más alucinantes. Historias de casa que son mucho más. Tomemos dos libros. Tres lindas cubanas y Mentideros de la memoria. El primero es novela. El segundo es memoria. Pero los dos se pueden leer del revés. En Tres lindas cubanas cuenta cómo su padre viajó a Cuba y conoció a la que sería su madre, una cubana muy cubana que nunca dejó de ser cubana, por muchas décadas que pasó en México y por mucho que naciese en las islas Canarias, en uno de los viajes de sus padres, los abuelos de Celorio. Tira de la historia familiar y nos narra la historia de las naciones. En Mentideros de la memoria hace justo lo contrario. Celorio es haz y envés. Nos habla de sus recuerdos, espejos rotos, les llama, en los que convoca a todos los fenómenos de la literatura hispanoamericana y los ilumina de una manera tan especial que es imposible no reír y llorar. Habla de cómo le cambió la vida Julio Cortázar y convierte la pieza en una obra magistral de piano. En un texto que podría haber escrito el mismo genio que creó las famas, las esperanzas y los cronopios. Celorio no sabe volar bajo. Cuenta la verdad y la mentira de Alfredo Bryce Echenique. No falta el Gabo, del que guarda en su biblioteca fabulosa de doce mil ejemplares en su casa en una colina del DF nada menos que una primera edición de Cien años de soledad dedicada.
Realidad y ficción
Algunos han pensado que se premiaba al académico, al docente, al director de la Academia de la Lengua de México. Al que fue director de la pródiga editorial del Fondo de Cultura Económico. Nada más lejos de la realidad y de la ficción.
Estamos ante un autor mayor. Central. Cierto es que, además, es nucleo irradiador de la cultura de su país y de todo el continente, catedrático especializado en el exilio español. Un exilio intelectual que Celorio ha sabido bajar del pedestal en su obra para que se dé la mano con la inmigración a pie de calle. Él mismo tiene origen asturiano. Hace que su faceta docente o académica solo sean unos galones más de la extraordinaria calidad de su prosa. Estamos ante un erudito, culto, lujurioso con la lengua. Sus libros se leen acariciando al lado un diccionario, algo tan necesario hoy. Contó estos días en una entrevista que un amigo le dijo que le gustaban las historias que contaba, pero que empleaba palabras complejas. No son complejas. Son palabras que él desempolva y pone a funcionar. Celorio se niega a rebajar la exigencia, otro mérito para recibir el Cervantes. Hoy en día estamos matando al lenguaje. Los idiomas se suicidan dentro de los diccionarios. Celorio lucha contra esos molinos.
Cuando presentó en el Instituto Cervantes, precisamente, Mentideros de la memoria, estuvo brillante. Dijo que «en los hospitales, en la cárcel y en las presentaciones de libros es donde se conoce de verdad a los amigos». Allí estaban sus amigos, como Gioconda Belli y como Juan Villoro. Esa elevación del idioma no faltó. Sus libros no son para aficionados a la pobreza lingüística ni fornicaciones rápidas de la IA. Son catedrales. Ahora ve que el tiempo se le termina y escribe más rápido para no dejar ningún libro sin parir. Tiene 77 años. Antes siete años le llevaba una novela. «Un cuento es como una aventura, una pasión. Pero una novela te exige como una relación matrimonial. No puedes dormir fuera de casa. Hay que estar todas las noches ante el teclado». Es tan delicioso Celorio que parece no tener fin. Pone por escrito recuerdos gozosos y dolorosos como en su novela Los apóstatas, donde habla de dos de sus hermanos que coquetearon con la vida religiosa y donde expone en toda su crudeza los abusos sexuales a los niños.
Cambia de tercio y pasa a recordar por escrito como el torrencial escritor mexicano Arreola estuvo con Jorge Luis Borges y no le dejó pronunciar palabra al genio argentino, que resumió aquel encuentro: «Arreola estuvo muy bien, apenas me dejó intercalar algunos silencios». O lo sucedido con Rulfo, el hombre cuya leyenda decía que no hablaba. Rulfo, dice Celorio, es la mejor manera de conocer el mundo rural de México, mucho mejor que leer miles de tratados sobre el campo. Pues Rulfo de pronto se tornó en cascada de palabras en una cita con Celorio, la única vez en su vida que habló como loco. Hay mucho más. Celorio busca la dicha de la escritura: «Me desnudo, se pierde el pudor de ir encuerado por la calle. Yo me visto con mi desnudez al escribir. La sinceridad de mi familia, de mis recuerdos tiene que ver con el amor. El amor no es ciego. El amor de verdad tiene que ser crítico».
Con Celorio pasamos de la sorpresa al salir su nombre como ganador al placer de leerlo sin freno, sin tasa. Le tocaba ganar a América y con la literatura de Celorio en efecto hemos descubierto un continente entero, un barroco satisfecho que nos exige y nos entrega a su familia de doce hermanos y sus hermanos literarios del bum latinoamericano. A veces, los jurados aciertan con el fallo cuando parece que no lo hacen. Déjense caer por Las tres lindas cubanas o por Mentideros de la memoria y querrán más y más de este plural, inabarcable.