Mucho antes del toque de queda, la ciudad es una fiesta de piedra y silencio. Yo arrastro los pies por las calles y me maravillo al mismo tiempo que me acongojo ante toda esa belleza envuelta de tristeza o toda esa tristeza envuelta de belleza, que no sé muy bien cuál es el orden de todo esto. La vida se ha vuelto un caos pero un caos aburridísimo, que es lo peor que puede ser algo. Vuelvo a casa cargada de libros, leer novelas es lo único que me salva en esta vida pandémica que nos está convirtiendo a todos en nórdicos, seres poco sociables, encerrados en casa y aficionados a las bebidas alcohólicas. Si al menos nos volviéramos altos y rubios y viviéramos en un perfecto estado del bienestar, la cosa aún podría tener su encanto, pero no, mi camino inexorable es hacia la redondez. Una vez mi amigo Xurxo, periodista cultural, me dijo que leía un libro al día y que lo hacía con whisky. Me acuerdo de él cada vez que abro una botella de vino. Por ahora no bebo mientras leo, prefiero ser viciosa ordenadamente, cada cosa a su tiempo. Sigo brindando conmigo misma por esta vida de mierda, shit, que diría Isora, la niña gorda y bulímica de Panza de burro que se me ha quedado a vivir dentro, y lo hago en la cocina, solo un fisquito más, me digo mientras hago potaje de garbanzos para mis tesoritos y en el teléfono tengo puesto un documental de RTVE, da igual si es sobre las guerras púnicas o sobre Ibáñez, que bien merece el Cervantes. Ni siquiera la realidad supera sus viñetas, aunque lo intenta.