De amor y librerías

La librera y editora Mercedes Corbillón hace un recorrido enamorado por los libros


Dicen que los posibles compradores de libros se ven inconscientemente seducidos si en los títulos se incluye la palabra amor, ese pozo semántico que esconde todas las posibilidades y todos los misterios. Algo parecido sucede con la palabra librería, que mitad ficción y mitad realidad se presenta ante los lectores como un gancho invisible e irresistible para letraheridos.

Muchos son los ejemplos que han llegado los últimos tiempos a las mesas de novedades con las librerías como espacio real o simbólico, como protagonista o escenario. Lo cierto es que ambos, amor y librería pueden ser deliciosos y acabar fatal, pero ¿acaso definen los finales abruptos la calidad de las historias? Tal vez para ser libreros y amar en los tiempos de Amazon y Tinder, donde los impulsos y los instintos se satisfacen a golpe de clic, sea necesario consagrarse a Blake y creer a pies juntillas en aquello de la eternidad en un instante y ser de esos extraños seres humanos que están preparados para perder una guerra. Para ganar lo estamos todos, ya nos lo decía Curzio Malaparte.

En Los Puentes de Madison, novela antes que film, el amor eterno duraba tres días y en Rialto, la librería de Belén Rubiano la fiesta duró unos pocos años. Eso en su local de Sevilla porque ahora, convertida en libro, no se acabará nunca, como París, donde Sylvia Beach y Adrienne Monnier siguen siendo libreras mucho tiempo después de muertas. Al parecer, las reinas de la vida cultural de la Rive Gauche desde Shakespeare and Company y Le Maison des Amis des Livres, además de prestar libros, vender alguno, editar textos malditos, acoger a poetas hambrientos y andar siempre al último suspiro, también se enamoraron entre ellas, algo así como si mi colega Esther de Moito Conto y yo nos encamásemos en lugar de lamentarnos mutuamente por la previsión de pagos. En Charing Cross Road, la novela de Helene Hanff, un librero se carteaba con una escritora y eran tan riquiños que al cine se fueron, como La librería de Penélope Fitzgerald, superventas de Impedimenta gracias al empujoncito de Isabel Coixet. En Nuestras Riquezas, Kaouther Adimi homenajea a Edmond Charlot, fundador de una minúscula y enorme librería en Argel de los años 30 y en Mi maravillosa librería, Petra Harlieb nos cuenta las peripecias de su establecimiento en Viena. Y el protagonista y propietario del Parnaso de los libros predicaba más que vendía ejemplares por la América profunda de principios del siglo XX en La Librería Ambulante, de Christopher Morley, uno de los pocos libros que me han gustado sobre librerías, porque, sépanlo, las libreras padecemos de la arrogancia de los amantes y, como los enamorados, solo admitimos la excelencia en nuestra propia historia de amor -o de fracaso-.

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