Valeria Luiselli: «El riesgo es que en EE. UU. la izquierda también es la derecha»

La finalista al Premio Booker 2019 por el ensayo «Los niños perdidos» publica la novela que surgió de su incursión en la frontera mexicana, «Desierto Sonoro».


Un viaje a las entrañas del corredor migratorio de la frontera entre Estados Unidos y México en el 2014 es el marco en el que Valeria Luiselli (México, 1983) inscribe su última novela, Desierto Sonoro (Sexto Piso). Un road trip al limbo que separa sus dos países, el de nacimiento y el de acogida, y donde una pareja de documentalistas se enfrenta a la crisis humana de los migrantes y también a sus propios demonios de pareja. Este segundo disparo de la escritora mexicana, hija de un diplomático, tuvo una primera entrega en el 2016, cuando publicó el ensayo Los niños perdidos, premio American Book Award del 2018. Su última ficción es un paso más en la consagración de una autora que, desde Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), está considerada como una las voces latinoamericanas con más proyección en el mundo anglosajón.

-La aventura a la que nos conduce «Desierto Sonoro» se inspira en un viaje que usted hizo en el 2014. ¿Por qué separó el ensayo, «Los niños perdidos», de la novela?

-Entre octubre del 2013 y junio del 2014 llegaron más de 60.000 niños a la frontera y el país declaró una crisis migratoria. Fue ahí cuando empecé a tomar notas, recuperar artículos de la prensa local, escuchar los canales de radio de Arizona o Texas. Cuando regresé a Nueva York ese verano me involucré de una forma más activa en la crisis, traduciendo testimonios de niños en las cortes de migración. Empecé a utilizar la novela como una especie de pósito, como un instrumento político, y me di cuenta de que no le estaba haciendo ningún favor, ni a la novela ni a la crisis. Una novela no puede ser un medio para un fin. Entonces escribí Los niños perdidos. Ahí pude enfocarme en hacer una denuncia de lo que estaba atestiguando. Después pude pensar la novela con más libertad. Tiene muchas más capas, saliva, complejidad, pleitos matrimoniales, amor... Y en ella están los límites éticos de escribir sobre procesos de violencia política, como es esta diáspora.

-En «Desierto Sonoro» hay paralelismos con su vida. El viaje desde Nueva York, su profesión, su separación...

-Hay aspectos que fueron una coincidencia. Está escrito en primera persona pero no es un libro biográfico. No me interesa el género de la autoficción.

-La protagonista, la madre (el libro cuenta con diferentes narradores, incluida una narración fotográfica) es una documentalista sonora. ¿Escuchamos muy poco?

-No sé si se acuerda del documento sonoro que circuló hace dos veranos. Niños siendo separados en la frontera de sus familiares. Ninguna foto de las distintas aristas de esta crisis me pudo tanto como ese audio. Se me quedó tatuado en la conciencia. El sonido te obliga a sentarte con él en el tiempo. Es una temporalidad más lenta, frente a la avalancha cotidiana de las noticias sobre las catástrofes naturales, las crisis climáticas o las series de Netflix.

-Dice que en la época de Obama la gente no estaba tan alerta. ¿Se vuelve la población más dócil ante un presidente que parece más fiable?

-Tiende a estar más cómoda con un presidente con el carisma y la inteligencia de un personaje como Barack Obama y se vuelve menos crítica. Está menos presente, menos activa. Algo que sí genera la presencia de un personaje como Trump. La gente está más despierta.

-Algo bueno puede tener Trump...

-El gran riesgo en países como Estados Unidos es que la izquierda es la derecha también. Las atrocidades que empezaron en el Gobierno de Obama se han profundizado, sin duda, en el de Trump. Pero, la Administración de Obama deportó a más de dos millones de personas. Históricamente, es la cifra más alta. Las medidas fueron inhumanas. A los niños se les redujo de 365 a 21 los días para conseguir un abogado. Usaron una salida trasera.

-¿Nos volvemos inhumanos?

-Me resulta muy difícil entender cómo no hay una respuesta civil mucho mayor. Es aún más débil en México, algo que me llena de vergüenza y rabia.

-En España señalamos a Estados Unidos, pero aquí no es un problema ajeno.

-España e Italia juegan el papel de México. Son la primera frontera. Tienen que lidiar con la presión de los países del norte que imponen que sean ellos las antesalas de la deportación.

-¿La sororidad femenina puede ayudar?

-La sororidad entre mujeres es uno de los grandes cambios que he visto en los últimos años. Pero no puede quedar ahí. Fui a las marchas feministas cuando empezó Trump. Ahora están completamente ausentes, cuando hay cientos de miles de madres centroamericanas encarceladas por pedir asilo, un derecho. ¿Donde está la solidaridad entre las mujeres?

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