Veinte años de 19 días y 500 noches

El álbum con que Joaquín Sabina puso fin a su siglo XX continúa siendo una obra atemporal, de crónicas intimistas, narradas con un estilo único


Y más de 7.300 días y 500 noches después las melodías resuenan como una resaca atemporal. A finales de 1998 un Joaquín Sabina resentido y frustrado tras ese disco conjunto con Fito Páez se metió en el estudio, prescindiendo de sus productores habituales, del brazo de Alejo Stivell, ex Tequila, ahora gestor pop, con la fórmula del éxito en la otra mano. ¿El resultado? El disco más largo del de Úbeda y su más profundo trabajo. Uno en el que se abrazó sin complejos a su voz ronca, a la poesía urbana y a la inspiración de la golfa madrugada de Madrid.

19 días y 500 noches se configura por ser esa obra sin peros. La carta para la posteridad más canalla e intimista de cuantas compuso, entre el whisky y la cocaína, a la que muy pocos pudieron resistirse y que anticipaba el fin del siglo XX y sus maneras. Continúa la historia de una Princesa convertida en Barbie Superstar, se viste de cronista sentimental de posguerra, baila entre géneros y Alejo gestiona cual alquimista la mezcla de instrumentos. Ya lo dijo el escritor Felipe Benítez Reyes, este disco fue «una especie de esencia destilada de Sabina».

La editorial Efe Eme, que ya había dado luz verde en su día a esa biografía descarnada que es Sol y Sombra, de Julio Valdeón, apuesta por una mirada con lupa en este vigésimo aniversario del disco en cuestión. 19 días y 500 noches. Sabina fin de siglo es un relato que profundiza en todos los asuntos que rodearon la obra de culto que pervivirá más allá del artista, con esa acertada portada -que rompía las estéticas burlonas de siempre- y presentaba a Sabina como el ángel negro, gafas de sol para ocultar la noche y pitillo humeante entre los dedos. Atractiva representación del canallismo sublimado.

Canciones largas, larguísimas, confluían como ríos en un mar intimista en el que bucear. Seis meses de grabación, en tres estudios que ya no existen y con unos implicados que nunca más volvieron a trabajar juntos. Tras el derrame cerebral, Joaquín recaló en Pancho Varona y Antonio García de Diego para crear Dímelo en la calle. Sabina volvía a casa.

LA OBRA MAESTRA DE TODOS

Desde su lanzamiento, y con el paso de los años, 19 días y 500 noches se colocó como la joya que diversos artistas elevaron como máxima expresión sabinera. Miguel Ríos lo tiene claro: «Debe considerarse obra maestra». Lo mismo que Rubén Pozo, de Pereza, que cuando estaba pintando carreteras escuchó la canción homónima del disco y ocurrió el flechazo. Al día siguiente ya se había hecho con el disco.

El compacto se finalizó de madrugada, cómo no, en compañía de algunos íntimos, entre los que estaba Josu García, guitarrista hoy de Loquillo, y que a las siete dieron por acabado el asunto, subieron al Saab descapotable de Alejo, giraron la llave y salieron escuchando el cedé a todo volumen, «a toda hostia», con la Castellana de testigo y el amanecer llegando, Joaquín con un whisky en la mano y medio cuerpo asomando por encima del parabrisas, de pie, exultante.

Confesó el productor, en unas declaraciones recientes, que sus versos favoritos de la composición más famosa del disco eran «negaría el santo sacramento / en el mismo momento / que ella me lo mande» y el de «sacó del espejo / su vivo retrato». El argentino dice que podría escribir durante horas, pero nunca daría con algo así.

En el nuevo libro, de Juan Puchades, Sabina le dice: «Es el disco de mi vida». Un universo de venganzas, crónicas, noches de boda, coqueteos con el rap y poesía de Cernuda. Todo ello con una frase lapidaria, ya sabe: lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo... Y el resto es historia.

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