Garrone y una vida de perros

s.f.

El italiano Matteo Garrone se mueve con soltura en las historias más crudas y retorcidas, no le importa mancharse de barro y mucho menos llevar allí a todo su equipo. En Dogman (2018), consigue crear una fábula terrorífica, angustiosa y sucia donde no hay un momento para respirar. La interpretación de Marcello Fonte, que encarna a un pobre -en todos los sentidos- peluquero de perros, bien vale una decena de premios. Que Garrone se atreva a acercarse al neorrealismo italiano de los años de posguerra y nos lo devuelva en un combinado de luces saturadas y ambiente cargado no es algo nuevo, -ya lo hizo con Gomorra (2008)-, pero Dogman se atreve a medirse con lo que hicieron De Sica o Visconti. A diferencia de la también brillante pero edulcorada Roma (2018) de Alfonso Cuarón, Garrone no duda en mostrar el color de la sangre, de la suciedad, del polvo. No hay blanco y negro que valga, y el italiano no esconde los dientes.

La espiral decadente en la que se sumerge el pusilánime Marcello narra una metáfora trepidante sobre el orgullo, la reputación y la pobreza. Un ejemplo fantástico de un hombre bueno haciendo cosas malas, tan sencillo como la máxima del neorrealismo italiano: contar la realidad. No es casual que la única vía de escape de Marcello sea su hija, como lo era el hijo de Antonio Ricci en Ladrón de bicicletas (1948). A Marcello no le importa arriesgar todo a cambio de nada, hasta que ve cómo le mira su hija tras haber cometido un delito. Como bien dice Phil de Semlyen, Dogman es «la fábula de Esopo que Scorsese le contaría a sus hijos».

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