La nueva novela de espías británica

Herron y Cumming tratan de devolver el esplendor perdido al subgénero literario de los relatos protagonizados por agentes de inteligencia y servicios secretos. Y lo que han logrado no es poco...


No. No está de moda. Pese al éxito de las series televisivas que ponen en juego a los servicios de inteligencia -The Looming Tower, Quantico, El infiltrado, Homeland, The Americans, Oficina de infiltrados, entre otros muchos títulos- y de sagas cinematográficas de agentes como Ethan Hunt (Misión imposible), Jason Bourne o el incombustible 007 (revitalizada de la mano del actor Daniel Craig), las novelas de espías no están de moda. ¿Quién recuerda a uno de los padres del género, con permiso de Joseph Conrad y Somerset Maugham? Sí, Eric Ambler y su clásico La máscara de Dimitrios. A lo mejor queda quien todavía lea a Graham Greene, Patricia Highsmith, Alan Furst, Frederick Forsyth y John Le Carré, pero -perdón por la insistencia- no es un género literario que esté en alza. Su mejor época ha pasado.

Pero ahí están los británicos, guardianes de las esencias de este peculiar universo, que se empeñan y porfían en tan romántica causa. Un inglés de Newcastle (Mick Herron) y un escocés de Ayr (Charles Cumming) se han empeñado en renovar un mundo que parecía finiquitado con la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. El sello Salamandra ha traído al castellano las primeras entregas de sus respectivas series protagonizadas por Jackson Lamb y por Thomas Kell, ambos agentes que no atraviesan su momento más brillante.

Lamb, más allá de todo su sarcasmo, dirige el desguace del espionaje en Londres, la llamada Casa de la Ciénaga, un lugar en el que acaban confinados aquellos que sufrieron importantes patinazos en la ejecución de una misión o no han demostrado sagacidad suficiente para prosperar en el oficio. Son los denominados, en la jerga interna, caballos lentos, que, en todo caso, están deseando retomar el trabajo de campo, redimirse y volver a Regent’s Park, donde recuperarían su visibilidad profesional. Con estos mimbres trabaja Lamb, temerario y audaz jefe aunque la prominente barriga y los carrillos sin afeitar -a lo Timothy Spall- parezcan desmentirlo. Lamb sale de sus nieblas con el caso de un secuestro de un joven al que amenazan con decapitar en directo. Sin el aderezo mediático, también un rapto da la oportunidad a Kell de reengancharse al MI6, cuerpo del que fue despedido ocho meses atrás después de unos problemas con una misión en Kabul. En apariencia en el sector privado, Kell vive como un estudiante dipsómano. Igualmente precisa redención. Sus servicios son reclamados dada la identidad del desaparecido, Amelia, una agente destinada a dirigir el MI6: nadie la conoce tan bien como él.

Mick Herron (a la izquierda) inauguró con «Caballos lentos» la serie protagonizada por Jackson Lamb. A su vez, Charles Cumming (derecha) abrió con «En un país extraño» la serie protagonizada por Thomas Kell.

Herron y Cumming renuevan un mundo

finiquitado

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