Ser Arctic Monkeys sin hacer un disco de Arctic Monkeys

Asaltar una obra de Artic Monkeys requiere cierto aire trascendental. Los británicos son una banda generacional. Cómplices absolutos de la música del siglo XXI y con un papel indiscutible.

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Su idilio con el público hizo que muchos que esos rozan hoy la treintenta (o la trasvasan) cayeran o redescubrieran la música rock. La suya es una historia victoriosa, elegante; gracias a un Alex Turner que pasará a la historia como ese compositor hábil y veraz. Ahora bien. Llega un punto y aparte. Otro capítulo, o incluso, otro libro. Tranquility Base Hotel  and Casino sería un trabajo incomprensible en otro momento. Pero, dada la información que el mundo posee sobre Turner y Artic Monkeys, uno puede entrar en él, contextualizarlo y comprender cómo una banda es capaz de despojarse de su propio sonido y seguir viva. ¿O vivo? ¿Podría ser acaso este disco el primero de Turner en solitario? Podría. Casi lo fue. Casi lo es

Difuminada su identidad, Arctic Monkeys presentan un trabajo calmado, cocinado a fuego lento y envasado con mimo. Es difícil. Mucho. Necesita de la predisposición del oyente para no dejarse llevar por esa rabia inconsciente que uno notará al comprobar y decir que «estos no son Artic Monkeys». Detrás de ese humo, de esa cortina, se planta una obra impagable, con un contenido lírico tremendo que deja a Turner como absoluto mesías, y al resto de la banda (aún siendo imprescindibles) en un discreto segundo plano. Las guitarras desaparecen y los pianos toman el control. Es detallista, requiere mucha atención. En una sociedad donde el tiempo se ha convertido en mercancía dorada, se podría hablar de un disco que no solo pide al oyente nadar a contracorriente, sino que le incita a sumergirse en un agua fría, y bucear hasta encontrar aguas más cálidas. Es una apuesta arriesgada. La crítica lo ha recibido bien y el público, de alguna manera, también ha querido tratar de comprenderlo. Si lo ha logrado o no, es difícil esclarecerlo. El tiempo será necesario para comprobar el poso que deja Tranquility Base Hotel and Casino en el subconsciente colectivo. También cómo se moverán los británicos en su siguiente trabajo. La duda de si mantendrán la senda comenzada, o si cerrarán este capítulo. No es un trabajo perfecto, y quizás parte de su belleza y éxito cosechado radique en ese punto. No lo es y no quiere serlo porque no lo necesita. Tampoco Artic Monkeys lo son. Sin embargo nadie podría dudar de su aportación a la música de este milenio.

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