«Black Mirror», ese espejo en el que no queremos mirarnos

La tecnología tiene efectos secundarios. Charlie Brooker los lleva al extremo para exponer lo peor del ser humano. ¿Resultado? Una serie soberbia. Y dicen que es ficción...

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La promoción con la que arrancó en diciembre del 2011 no le hace justicia: «Cómo la tecnología nos cambia la vida y puede sacar lo peor de nosotros». No hace justicia porque se queda corta. Black Mirror es mucho más que eso. Es, y así lo dice su título, un espejo, un espejo oscuro en el que se refleja la vaporosa sociedad del siglo XXI. Pocos tipos como Charlie Brooker, el ideólogo de cada telefilme, han sabido ver el elefante en la sala: todo lo que se cuenta en sus episodios está ya ahí, aunque no hayamos sido capaces de advertirlo. Ha hecho falta llegar a la hipérbole de Brooker para darnos cuenta. Y no es solo la cara B de la tecnología, la adicción a las redes sociales, la ciberseguridad, los videojuegos, los drones... Nos pone, en síntesis, ante conflictos universales como la hiperprotección, la privacidad, la venganza, la pasión, la seguridad.

Black Mirror estrenó hace poco más de un mes su cuarta temporada, seis episodios dispuestos de un solo golpe, como es costumbre en Netflix, la plataforma que lo emite. Cuatro temporadas que, y esto es una ventaja frente a otras producciones, se pueden ver de forma independiente, a modo de 19 minipelículas bajo ese paraguas/excusa común, la tecnología. En medio de grandes producciones que obligan a ir siguiendo capítulo a capítulo, aquí el espectador tiene la opción de elegir. Ya lo hizo Cortázar con Rayuela hace medio siglo (no es mala comparación, aunque no tienen nada que ver).

Cualquiera de esos 19 telefilmes (entre 45 y 60 minutos, con un par de ellos de 90) suponen una de las mejores cosas que se pueden ver en la pantalla negra de un móvil, de una tableta o de un televisor. El más flojo de sus episodios está por encima de la media de lo que emite la televisión actual, sea o no de pago. No es exageración.

Arrancó en el 2011 con un episodio inolvidable: El himno nacional. Era solo una buena idea, bien desarrollada. A partir de ahí, dos producciones más y fin de la primera temporada. Atípico, y multipremiado. La segunda fue algo parecido: tres piezas soberbias y un descanso. A partir de la tercera algunas cosas empezaron a cambiar, como un filme de transición (Blanca Navidad) y la incorporación de los primeros rostros conocidos, como Jon Hamm (Mad men), Jerome Flynn (Juego de tronos) o Michael Kelly (House of cards). Hasta contar con Jodie Foster en la dirección de una de las piezas de esta última temporada (es la única mujer que ha dirigido un episodio). Ya no estamos ante una serie minoritaria.

Lo que no ha perdido en estos seis años es el fondo, ni la apocalíptica moraleja final, por mucha distopía que se plantee. Salvo contadísimas excepciones, el espejo de Charlie Brooker no devuelve una imagen complaciente, no hay happy end. Pero no aprendemos, no nos separamos del iPhone.

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