Jorge Drexler: «Aprendí a desarraigarme, ya no soy uruguayísimo»

El artista llega a Galicia con la gira de su último trabajo, «Salvavidas de hielo». Un álbum que compuso explorando los límites de la guitarra, sin emplear otro instrumento. Un reto que se impuso, y por el que estuvo a punto de tirar la toalla


Para Jorge Drexler (Montevideo, 1964) vivimos en un mundo de contradicciones, una existencia efímera que es la base de sus canciones y de su último trabajo. Para que viese la luz se ha sentado a componer prácticamente todos los días desde hace un año. Hace memoria y se recuerda, veintidós años más joven, recién aterrizado en Madrid. Hoy miles de sus fans le envían versos para contribuir a sus canciones y siguen sus presentaciones en directo en Facebook. El ganador del Oscar en el 2005 a la mejor canción original (Al otro lado del río) llega a Galicia con ganas de subirse al escenario acompañado de un albariño.

 -¿Qué ha sucedido entre «Bailar en la cueva» y «Salvavidas de hielo»?

-¡Han pasado muchas cosas! Hicimos dos giras, estuvimos gran parte de estos años viajando a un ritmo muy loco. Estoy muy contento y ha sido enormemente precioso, pero era agotador. Una especie de jet lag permanente.

-¿ Fue complejo componer en años de tanto movimiento?

-No fue fácil. Pedí parar, dejar de programar conciertos y dedicarme un año a componer. Estuve escribiendo un año entero para este disco. Debe de haber sido para el que invertí más tiempo de composición en mi carrera.

-Es difícil de creer que solo se escuchen voces y guitarras.

-Y computadoras. Es un disco de música electrónica hecho con guitarras. Hoy en día es más fácil de hacer esto porque a través de algoritmos digitales uno puede conseguir un bombo. Fue un ejercicio de limitación. Como decía Igor Stravinski, el compositor ruso, «cuanto más me limito más me libero». Y yo quise cumplir esa máxima.

-¿Cómo fue ese proceso de búsqueda de sonidos nuevos?

-Me gustó. Trato de encontrar una forma nueva de trabajar para cada disco. El siguiente no sé muy bien cómo será. Fue un proceso arduo. Varias veces estuvimos por tirar la toalla. «Que venga un batería, un contrabajista y un teclista y vamos a dejarnos de estas tonterías». Pero lo mantuvimos. Estoy muy orgulloso de mí y del equipo de producción.

-El título, «Salvavidas de hielo», evoca mucha fragilidad.

-Me lo preguntan mucho y yo creo que está todo dentro del título. Es una paradoja. Un salvavidas que engendra su propia destrucción. La vida engendra su propio final. Y porque una vida sea finita no es menos valiosa. Es una oda a lo efímero.

-Además en el disco hay otras odas. Una a las telecomunicaciones y otra al silencio. ¿Cómo equilibra en su vida esos dos extremos?

-Las personas tenemos muchas dimensiones. Seguramente usted habrá notado en algún momento el hastío de este aparato [el móvil]. Lo tienen todo el día en los dedos, en el oído, y uno se acaba cansando. Pero yo tengo la mitad de mi familia en Uruguay y estoy en contacto diario con ellos. Cuando uno está esperando un mensaje de la persona amada y llega te dan ganas de darle un beso al teléfono. Me gusta la paradoja. Creo que necesitamos las dos cosas.

-También está presente en usted la contradicción entre la necesidad de movernos y la de echar raíces. Tiene su hogar en Madrid, una familia en Uruguay y un trabajo nómada. ¿Cómo vive esta contradicción?

-De la misma manera que vivo la paradoja entre silencio y comunicación. Con períodos de mucho arraigo, de sentirse en casa en Madrid y en Montevideo. Y con momentos de mucho desarraigo también. Disfrutando de la liviandad de ser un ciudadano del mundo.

-En su disco explica que gracias a Sabina llega a Madrid. ¿Y si no hubiera tomado esa decisión?

-No lo sé. Soy una persona que tiene tendencia a buscar la felicidad. Así que estaría buscando la felicidad de otra manera. No quiere decir que la encuentre, quiere decir que la busco.

-¿Cómo era aquel Jorge?

-Más joven, más ingenuo para muchas cosas [ríe]. No sé cómo explicarlo. Pero también tenía más fuerza, más energía. Tenía muchísima hambre y muchísima sed. Mucha ambición, mucha rigidez. Era una persona muy rígida.

-¿Ha perdido esa rigidez?

-Fui aflojando con el tiempo, he tendido a ser más abierto, más tolerante. Estaba muy empecinado en defender mi identidad. Y esa identidad se fue borrando con el paso del tiempo. Aprendí a desarraigarme. No me consideraba un ciudadano del mundo, como hoy en día, era uruguayísimo. Quería que se notara en mi manera de hablar, en todo.

-¿También se desarraigó en la música?

-Claro. Fui dejando las identificaciones nacionales, religiosas, de género. Incluso las identificaciones de especie. Fui abriendo mi círculo de empatía, que me parece el aprendizaje más importante en la vida. Ir poco a poco dándote cuenta de que eres parte de algo más grande.

-Tiene canciones que invitan a dejar esa identidad cerrada de lado.

-Me interesa usar la canción como una herramienta filosófica. De razonamiento, vivencial. La canción es un género amplísimo. Tiene un potencial increíble.

-¿Ha cambiado usted su manera de inspirarse para componer?

-He empezado escribiendo siempre desde la música. Me he inspirado a partir de la música y, desde hace unos trece años, he empezado también a inspirarme a partir del texto. Es un proceso muy raro de cambio, pero soy una persona acostumbrada a cambiar su sistema operativo a cada poco.

- En Facebook, por ejemplo, pidió a sus fans que le enviasen versos.

- Las redes sociales pueden ser muy bien utilizadas o muy mal utilizadas. Yo prefiero pensar que son herramientas de comunicación y por tanto tratar con respeto al oyente. Proponerle juegos interesantes, desafíos. Escribir una décima sobre el Guernica, un desafío cultural y literario. Utilizar el alcance que tienen mis redes con un fin que me parezca bueno.

-Además de este tipo de colaboración, ¿ busca ayuda en casa para componer sus canciones?

-Hablo mucho con mi mujer [la cantante y actriz Leonor Watling], que es compositora también. Tengo un intercambio con ella muy fluido. La primera que escucha las cosas suele ser ella siempre, y lo mismo cuando ella escribe. Es muy fructífero para los dos.

-¿Y la de sus hijos?

-Tengo un hijo grande que ya compone, ya hace música, y con él hablo mucho. A los pequeños les voy mostrando las cosas que hago, pero a su tiempo. Si soy realista, la música para mis hijos pequeños es el trabajo de papá. Como era la medicina para mis padres. Por más que a mí me guste la medicina, hubo un tiempo en que la medicina competía con el tiempo que mis padres me dedicaban a mí.

-De nuevo en ruta ha colgado usted el cartel de vendido en sus dos conciertos en Galicia.

-Qué locura, ¿no? A mí me gustaría agradecerle al público gallego, que me parece una preciosura que demuestren ese amor.

-Ha tocado aquí en varias ocasiones. ¿Guarda algún recuerdo especial?

-Fui a Santiago de Compostela recién llegado aquí. Me llamó enseguida la atención el carácter gallego. Esa mezcla de misterio con un sentido del humor muy particular, y con una manera muy intensa de vivir la música. Y particularmente soy un enamorado del albariño, lo llevo siempre para cantar.

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