El ídolo adolescente crece

Después de provocar la locura con One Direction, Harry Styles ha querido demostrar que es mucho más que una marioneta al servicio de la industria musical. Su disco de debut ha sido toda una sorpresa que lo muestra como un talentoso artista con mucho que decir


No tenía la mejor imagen Harry Styles para ser tomado en serio entre el público entendido. Dos notas lo afeaban. Primero, ser uno de los líderes de One Direction, producto que encaja perfectamente en las boy-bands para adolescentes. Segundo, que esa formación deriva de un programa de talent show como The X Factor. Ambos aspectos lo situaban en el compartimento del pop prefabricado y los artistas de usar y tirar. Rara vez van más allá de la explosión hormonal, la decadencia y el olvido posterior. Pero en este caso, como ocurrió en su día con Robbie Williams cuando dejó Take That, ha ocurrido. Ha habido milagro.

Hay que tomarse a Harry Styles muy en serio. El álbum con el que editó este año, Sign of the Times, dejó boquiabierto a más de uno. Le obligó a frotar los ojos y ver que aquí hay algo más allá, mucho más allá, del pop de plástico y el famoseo. El primer single, que se titula igual que el álbum, resulta grandioso. Se trata de un baladón orquestado en el que el artista pasa del falsete al poderío vocal en apenas un suspiro. Igual recuerda a Elton John que a Mercury Rev o Radiohead. Igual encoge al oyente como lo eleva en una nube de ensoñación. Pero, sobre todo, advierte que la cara bonita que hace nada revolucionaba al público quinceañero británico es un gran artista.

Por supuesto, el ruido mediático sigue a su alrededor. Y este no se limita a lo estrictamente musical. Para los tabloides británicos este mozalbete es algo así como el soltero de oro. Sus romances se siguen en el Reino Unido con enorme interés. En el momento de salida del disco, la supuesta pareja del cantante era Tess Ward, una joven chef británica con gran proyección en las redes sociales. Pero antes de ello, el chaval que ahora tiene 23 años, pudo saborear en su carnes la mala baba del corazón británico cuando en el 2011 se supo que estaba con Lucy Horobin, una mujer casada 14 años mayor. También fue sonado su romance con la pop-star Taylor Swift o el breve idilio que mantuvo con la presentadora Caroline Louise Flack.

Si todo esto no fuese suficiente, durante la promoción del disco se puso sobre la mesa su supuesta bisexualidad, algo con lo que siempre se ha especulado. En una entrevista al periódico Sun, él optó por dejarlo en puntos suspensivos: «No, la verdad es que nunca he sentido la necesidad de definir mi sexualidad o de ponerle una etiqueta. No creo que sea un tema del que me vea obligado a dar explicaciones, porque es muy personal».

Al margen de todo ello, con su disco de debut, el músico ha dado un paso al frente para que se lo valore como lo que es, un notable compositor que se maneja en múltiples registros con soltura y calidad. En Kiwi, el sencillo que acaba de ver la luz, demuestra su acierto al usar la musculatura del rock guitarrero para propiciar golpes certeros. En Meet Me In The Hallway, una pieza acústica que remite a Pink Floyd, constata su capacidad de crear ambientes psicodélicos en medio de la máxima simplicidad. Y Carolina certifica que domina los códigos de Beck para hacer piezas perezosas con ese sabor clásico pero, a la vez, moderno.

El disco sigue con certeros medios tiempos como Two Ghosts, delicias de folk como Sweet Creature o rock juguetón para todos los públicos como Only Angel. Y todas estas vibraciones continúan hasta el final de un álbum que debería obligar a cambiar la mirada sobre Harry Styles. Para aquellos que aún lo hagan por encima del hombro, claro. Los demás ya llevan meses disfrutando de esta delicia. Uno de los discos del año.

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