Demi Lovato: El juguete roto que se ha logrado recomponer

Fue una de esas princesas perfectas que, en realidad, escondían una vida errática de excesos. Dejando eso atrás lanza un buen disco, «Tell Me You Love Me», y se confiesa en un documental

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Lo de irrumpir como una estrella infantil en el mundo Disney y, llegada la mayoría de edad, despendolarse generando una enorme controversia podría considerarse ya un subgénero musical. El patrón seguido por figuras tan omnipresentes en el firmamento pop como Britney Spears o Miley Cyrus juega a provocar reacciones encontradas. De la inocencia y el idealismo (con acciones benéficas, vida dulce de cara al exterior e, incluso, anillos de castidad hasta el matrimonio) se pasa a la provocación sexual, las drogas y las vidas extremas. Al frente, figuras paseando por una cuerda floja que suele terminar en cataclismos, clínicas de rehabilitación y paparazis fotografiándolo todo. Detrás, empresarios frotándose las manos y haciendo caja hasta que el muñeco roto aguante.

La trayectoria de Demi Lovato encaja perfectamente en ese molde. En el 2008 colgaba en formato póster de la habitación de miles de adolescentes. Participaba en filmes juveniles y taquilleros como Camp Rock o Princess Protection. Lucía luego su compromiso virginal con Joe Jonas. Y rezaba con su personal antes de cada concierto. Una imagen perfecta que escondía un reverso mucho más tenebroso. Las drogas se habían colado por ahí. Su adicción a la cocaína era un secreto a voces. En el documental que acaba de lanzar en Youtube, Demi Lovato: Simply Complicated, habla de ello. Empezó a los 17 años y lo asocia al alcoholismo de su padre. Asegura que era incapaz de estar sobria. Un año después empezaba a rehabilitarse con tropezones

Ahora dice estar limpia. Tanto que canta a su resurgimiento en Sorry Not Sorry, el tema que inaugura su último disco Tell Me You Love Me. «La recuperación es una perra mala / y, nena, soy la más mala / Ahora estoy fuera de aquí buscando venganza / Sintiéndome como un 10, mejor que nunca / Y, yeah, sé cuantísimo puede doler», canta en ella mostrándoles los dientes a los haters de las redes sociales. También dando un toque a quienes la tienen por una marioneta irrelevante en la farándula pop.

Se trata de un buen single de r&b que avanza un álbum interesante. Alberga temas como el ramalazo funk de Sexy Dirty Love, que la muestra ligando con el móvil y dispuesta a dar el paso («Dios sabe que estoy pecando / Por favor, perdona mi lujuria / Envío y recibo imágenes / Nene, deseo que me toques». También el baladón You Don’t Do It For Me Anymore, poniendo los puntos sobre las íes a su pareja («Perdón por mi honestidad / Soy consciente de que te miento cuando me acuesto contigo»). O esa elegante pieza soulera que es Ruin The Friendship, sobre la tensión erótica que hay entre dos amigos («Vamos a arruinar la amistad / a hacer todas esas cosas de nuestras mentes»).

Estos tres ejemplos sirven para poner sobre la mesa el porqué de su conexión juvenil: deseo, dudas, desamor y reafirmación. Arrastrando trastornos alimenticios, Demi Lovato ha optado por hablar de ello, confesarse como persona imperfecta y, en cierto modo, servir como modelo de superación personal. En una sociedad como la americana el modelo triunfa. Suele ser la siguiente secuencia. Inocencia. Desfase loco. Y madurez redentora. Demi se encuentra ahí, dibujando un papel que ya poco tiene que ver con la princesa Disney. Fans no le faltan para acompañarla.

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