La belleza de la decadencia


En el prólogo a estas maravillosas Sonatas, Luis Alberto de Cuenca no se anda por las ramas:

-Junto a Cervantes y Borges, Ramón del Valle-Inclán es el nombre propio más valioso de la literatura escrita en español.

Palabras mayores.

Pero Valle no solo no desmerece la compañía de titanes como Cervantes y Borges, sino que el paso del tiempo va agigantando más y más una obra colosal. Su literatura es, de hecho, tan descomunal, que no logramos ponernos de acuerdo sobre dónde está su cima. Porque Ramón María del Valle-Inclán (Vilanova de Arousa, 1866-Santiago, 1936) navegó por todos los géneros existentes, inventó algunos a mayores y de todos salió todavía más poderoso, como si esos géneros se hubiesen creado para que él midiese hasta dónde resistían sus costuras y cimientos.

Porque amamos los cuentos de Jardín umbrío. Amamos la poesía de La pipa de kif. Amamos ese libro titulado La lámpara maravillosa, que no sabríamos en qué anaquel colocar en una biblioteca (él lo subtituló Ejercicios espirituales para despistarnos todavía más). Amamos la prosa americana de Tirano Banderas, novela de tierra caliente. Amamos el retrato de una época y un país que llamó El ruedo ibérico, donde sus diálogos cortados a navaja explican ya tantos males de la España actual. Amamos la Galicia atrapada en Flor de santidad. Amamos, tal vez sobre todas las cosas, su teatro, que es un teatro para representar como pocos y para leer en silencio como casi ninguno, desde sus Comedias Bárbaras y Luces de bohemia hasta el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte y Martes de Carnaval.

Y amamos, cómo no, estas Sonatas reunidas ahora en un solo volumen por Reino de Cordelia con ilustraciones del gallego Víctor López-Rúa. Porque la belleza de la decadencia tal vez solo la haya contado este Marques de Bradomín, feo, católico y sentimental, que Valle-Inclán tatuó sobre las páginas de sus deslumbrantes sonatas.

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