¿Qué tienen en común Monica Bellucci, Ricardo Darín y Agnès Varda?

Los contoneos de la última chica Bond, el rostro «mainstream» del actor argentino y el filme reciente de la directora viva más importante de la historia del cine, todo en el mismo cóctel: los premios Donostia cumplen 22 años y pueden darse un buen trago como este sin miedo a una mala resaca.

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Cuando Monica Bellucci reciba el Premio Donostia el próximo jueves, en un acto multitudinario en el cual el Velódromo de Anoeta siga las curvas de la bici de la Malena de Giuseppe Tornatore, se habrán cumplido 22 años desde que el equipo del festival instauró los Premios Donostia recibiendo a Gregory Peck. Esto es, desde Atticus Finch a Cleopatra, una alfombra roja en el recuerdo de los avatares de un premio que nació con una política bien definida, la de la emanación de la nostalgia del Hollywood clásico, que se reconocía en Glenn Ford, Claudette Colbert, Robert Mitchum, Lauren Bacall, Lana Turner, Anthony Perkins o Bette Davis, a la que en 1989 vimos casi morir en directo: finalizo el festival, cruzó la frontera francesa y falleció en Neuilly-sur-Seine justo dos semanas después de recoger el premio.

Para estudiar el tránsito de esa etapa de premios del Hollywood pre-necrológico al aggiornamento que trajo al festival a Pacino, De Niro, Sarandon, Deneuve, Huppert e tutti quanti revisen el libro de Diego Galán Jack Lemmon nunca cenó aquí.

A partir de hoy, la 65.ª edición de este festival de cine somete a su terna de premiados de este año -Agnès Varda, Monica Bellucci y Ricardo Darín- a esa prueba de fuego que es el termómetro de los cazadores de autógrafos en la antesala del Hotel María Cristina. Si hubiese que formatear lo que es un modelo de funcionamiento perfecto de un Premio Donostia podríamos encontrarnos con sorpresas: de los que mejor han ido en el histórico del festival está Richard Gere, lo que apunta al peso muy intergeneracional de los incondicionales del galardón.

Así, apuesten a que Ricardo Darín -con todo lo que parece tener de accesible en nuestro día a día cultural a través del teatro o de la televisión- será quien mayores reclamos genere en el nivel más epidérmico o popular. Monica Bellucci viene a llenar alfombra roja. De las estrellas que vienen con película solo pueden restarle protagonismo Berenice Bejo, Penélope Cruz, Alicia Vikander o Glenn Close.

Y por si alguien discutía la vigencia de su trayectoria, ha llegado David Lynch para reavivar su modernidad con esa aparición de Bellucci en uno de los capítulos de la venerada Twin Peaks. Pero Bellucci es Terry Gilliam, Spike Lee, Gaspar Noe, Kusturica o Philippe Garrel. Y en la onda blockbuster, nada menos que chica-Matrix y chica-Bond en el último 007.

El premio diferente, el de entidad mayúscula de los tres, es el de una creadora que el año que nació Monica Bellucci dirigía La felicidad y ya había firmado nada menos que Cleo de 5 a 7. Agnès Varda engrandece el Premio Donostia. La directora viva más importante de la historia del cine llega, además, con Visages, Villages, una película de prodigiosa frescura que presentó ya en Cannes a punto de cumplir los 90.

Y es una apuesta que honra este festival, que revivifica el sentido de sus premios honoríficos y lo eleva al reconocimiento de la hondura creativa insondable. Porque los autógrafos de Agnès Varda están inscritos no en papel sino en la inmortalidad del arte de dibujar la indeleble poética del cine.

Monica Bellucci, Ricardo Darín y Agnès Varda serán premiados en el Festival de San Sebastián.

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