«Lo más transgresor que podría hacer ahora es fumar en la tele»

El Goya de Honor recompensará a una actriz y cantante que fue musa de la Transición e icono de la España progre. Entre risas, asegura que pensó que este premio era «una equivocación»


Nació hace 65 increíbles años en el número 11 de la Calle del Oso del madrileño barrio de Lavapiés. Hija de un cocinero del Palace y de la portera de la finca donde vivía, Pilar Cuesta se presentó a infinidad de concursos radiofónicos infantiles con el sueño de emular a Rocío Durcal y Marisol y el de darles a sus padres una vida mejor. A los 13 años, Ana Belén grabó sus primeras canciones y debutó en el cine con Zampo y yo. Con el tiempo se convertiría en la mujer más deseada de este país durante muchos años y la mitad de la pareja más moderna en la época en que nos sacudíamos la caspa del franquismo. Ha cantado a la camisa blanca de nuestra esperanza y a la Puerta de Alcalá. Ha sido Fortunata y la hija de Bernarda Alba. Lleva 45 años con Víctor Manuel y tiene dos hijos (el pianista David San José y la actriz Marina San José) que le han dado nietos. La protagonista de La pasión turca ha sido candidata al Goya en cinco ocasiones -una como directora novel- pero siempre se ha ido de vacío. «Cuando me llamaron desde la Academia pensé que se habían equivocado o que no tenían otra persona a mano», confiesa entre risas. «Yo he trabajado no para ganar premios, sino arrastrada por una pasión que tenía desde niña. Para entender el mundo que me rodea. Este oficio es así, me sigo encontrando con sorpresas en el guion», apunta.

El cine español no ha sabido muy bien qué hacer con ella en los últimos tiempos: doce años han pasado desde Cosas que hacen que la vida merezca la pena hasta que Fernando Trueba la ha recuperado en La reina de España. No se ha quedado en casa y ha volcado sus energías en el teatro y las giras musicales. «Espero que me sigan llegando proyectos», confía una intérprete que se enorgullece de que nunca le hayan ofrecido papeles de «mujer jarrón». «He hecho muchísimo teatro», continúa antes de admitir que dejó de existir para el cine español: «No me han ofrecido ni una película en doce años, es así». En su discurso de agradecimiento del Goya, se acordará de los directores y actores con los que ha trabajado, como Miguel Narros, «el primero que me habló como una mujer adulta y no como una niñita que cantaba».

-¿Le ha dejado mal sabor de boca el boicot promovido contra la película de Fernando Trueba por las declaraciones de su director afirmando no sentirse español?

-La gente debería decir lo que siente sin que hubiese más problemas. Fernando hizo aquellas declaraciones en clave irónica y se sacaron de contexto. Es algo que me ha retrotraído a 1973, cuando Víctor y yo nos vimos envueltos en una polémica gordísima después de que un anónimo dijera que habíamos pisado la bandera española en México. La Policía vino a casa y nos llevaron a la dirección general en la Puerta del Sol. Ahora, con las redes sociales, todavía es más difícil de controlar las mentiras. Sí, es como si no hubieran pasado 43 años.

-La ultraderecha puso dos bombas en su casa.

-Una en el 76 y otra en el ochenta y tantos. De hecho, cogieron a los que las pusieron por otra historia colateral. Supongo que contarían que habían puesto una bomba en casa de Víctor Manuel y Ana Belén... La primera vez estábamos en Cuba cantando. Por debajo de la puerta de la habitación del hotel, personal de Iberia nos deslizó un periódico. En la portada venía una foto de nuestra casa. Cuando pudimos poner una conferencia a mis padres nos tranquilizaron. Eran tiempos violentitos.

-¿Qué le parece la corriente crítica actual contra la Transición?

-La Transición fue imperfecta, pero gracias a ella estamos hoy aquí. La ciudadanía presionó para que se consiguieran tantas cosas... La gente salió a la calle y se legalizó el PCE, algo tremendo en aquella época. Cuando hay que aunar tantas voluntades y mentes diferentes, claro que tiene que salir algo imperfecto. Los pactos significan renunciar a unas cosas para conseguir otras. No entiendo esta corriente crítica. Y hay algo que me ha dolido mucho: ahora que acabamos de celebrar el aniversario de los asesinatos de Atocha, donde unas personas murieron por esto que tenemos ahora, que haya una persona dirigente de Izquierda Unida, rama PCE, que diga que lo que se hizo entonces no sirvió para nada... Que qué era eso del eurocomunismo... Me parece que es no darte cuenta de dónde vienes. Mucha gente dio la vida por la democracia en aquellos años. No puedes cargarte eso de un plumazo con una frase. Significa que no tienes memoria.

-Ya que habla del PCE, el PSOE lleva el mismo camino de autodestruirse por el aparato.

-El aparato siempre es jodido, ya lo decíamos cuando estábamos en el PCE... Ocurre en todos los partidos, supongo que también en Podemos. En todos los partidos tiene que haber gente que se encarga de mandar cartas y poner sellos, de la labor burocrática. El dueño de la llave.

-¿Echa de menos cometer actos transgresores, como cuando Víctor Manuel y usted se casaron en Gibraltar en 1972?

-Nuestro matrimonio no tiene validez aquí, pero no fue por transgredir. Nosotros queríamos casarnos por lo civil. En aquel momento era tremendo, te mandaban un cura a tu casa para convencerte, después tenías que declararte apóstata... Decidimos casarnos fuera y algún amigo nos sugirió Gibraltar, donde solo había que llevar tres papeles. Era la época del «Gibraltar español» y se armó una buena. Llegaron a decir que vivíamos amancebados.

-¿Y hoy qué podría hacer para transgredir?

-¿Hoy? Simplemente salir fumando en una entrevista en televisión. El baremo de la transgresión ha variado muchísimo. Nos hemos ablandado, antes éramos más abiertos. Habíamos vivido con tanta dureza que, a pesar de todo, desarrollamos una capacidad de libertad, de buscar momentos muy libres. Ahora nos la cogemos con papel de fumar, por ejemplo en el lenguaje. ¿Y esto a quién sirve? Nos da miedo salir a la calle con la ley Mordaza porque igual nos pegan. ¡Coño, si hemos salido siempre a que nos dieran! Nos hemos hecho temerosos para no herir a nadie.

- ¿Se arrepiente de aquella campaña de la ceja en apoyo de Zapatero?

-Hoy no lo haría. En aquel momento, tal como estaban las cosas, sí, no me arrepiento. La cantidad de cosas que se podían haber hecho... Y no solo para la cultura. Yo pedí el voto para Zapatero no porque hubiese favorecido a la cultura, sino porque había adoptado tal batería de medidas sociales indispensables que sentí que debía apoyarlo. ¡Si cada día le hacían una manifestación los obispos! Luego aquello se torció cuando no se quiso afrontar que había una crisis. Vinieron las medias verdades y salió perdiendo la gente con menos recursos, como siempre. No sé, a lo mejor no había otra salida. No quisiera ser político.

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