La recaudación de «Julieta» en su estreno, por debajo de los 80.000 espectadores, y superada por el «Kiki» de Paco León, acentúa la tendencia al desdén del público por nuestro cineasta «línea de bandera»
07 sep 2016 . Actualizado a las 15:18 h.Leo del descalabro en taquilla del primer fin de semana de Julieta: después de una campaña de lanzamiento multidireccional, de recurrir a tocar todos los palos, de Alice Munro a los extraños rulos de una Rossy de Palma aterradora, de la ya tantas veces parasitada Chavela Vargas al revival Emma Suárez, se queda la película lejísimos de los 100.000 espectadores, superada por supuesto por los engendros habituales: la precuela de una Blancanieves de magia y brujería, el romance de Batman y Superman. Y lo que dañará aún más el ego de Almodóvar, ver su película de ciervos oníricos archibatida por Kiki, el amor se hace, la comedia de Paco León que claramente sintoniza con lo que la trituradora de las salas en los shoppings reclama.
Pero vienen ya de lejos los serios problemas del cine de Pedro Almodóvar para conectar con el público en España. En realidad, existe un tremendo decalaje histórico entre lo que pensamos que ha supuesto el universo Almodóvar en nuestro país y lo que verdaderamente ha calado. Hay mucho que repensar sobre si la fuerza que ha representado, como icono de ese magma llamado modernidad y como único director nacional que ha permeado de manera consistente las fronteras de la internacionalidad en las últimas tres décadas -y esto es un hecho incuestionable que se puede palpar en Francia, donde no desearían otra cosa que buñuelizarlo-, se haya compadecido con una empatía real dentro del mercado peninsular. A modo de nunca bien dimensionado relevo de un Berlanga cuya ferocidad esperpéntica es una inconmovible representación de nuestro Celtiberia Show, de unas dimensiones creativas globales que el tiempo no hace sino agigantar y revertir en inalcanzables, con la llegada de la Movida nació, con una gratuidad burda, porque nadie sabía muy bien qué pretendía expresar, el concepto de lo almodovariano.
Fue banal y bastante desaprensivo el reduccionismo -o la amplificación-, porque hay tantos titubeos, tantos pentimentos en la filmografía de Pedro Almodóvar que su entendimiento como una cosmogonía, como una estética o un territorio definido, solo puede partir de un desconocimiento y de una simplificación bastas, groseras.
En realidad, creo alcanzar a comprender lo que cabía en ese adjetivo. Lo almodovariano: la nariz de Rossy de Palma, la lluvia dorada de Olvido Gara, las monjas que petardeaban porros inofensivos como tigres de papel, las performances canallas con Fabio MacNamara, enteraos, el gazpacho integrado en una suerte de mal vodevil que llegó a rozar el larguero del Oscar... Y apenas nada más.
Ya sabemos ahora que eso fue solo la primera parte de la función. Y que con la excepción de Qué he hecho yo para merecer esto, que me parece que es una película que resiste muy bien el peso del tiempo, y por supuesto, de La ley del deseo, ese Almodóvar primitivo apenas se sostiene como no mucho más que un cliché de nuestro ochentañismo, igual que aquel enano que Javier Gurruchaga rescató de la saga de James Bond como un doble asiático de Felipe González, en el reino catódico de la gran Pilar Miró.
A mí no me resultó nunca posible conectar con el cine más almodovariano en este primer estereotipo. Una de las películas suyas que abiertamente detesto, Mujeres al borde de un ataque de nervios, marcó su cenit de aclimatación con el espectador español. Sumó su mejor cifra de recaudación, casi tres millones y medio de espectadores. Pero, atención, por encima tiene, en el ránking histórico de nuestro cine, dos torrentes, el vecino del quinto landista, un Paco Martinez Soria y... hasta tres películas de aquel Manolo Escobar de mediados de los sesenta, que era algo así como nuestro Vittorio Gassman coplillas.
Pero en qué país vivimos. A mí me parece de una significación sociológica apabullante -y desoladora- el que nos hayamos creído que la libertad era esto, la idea de una sociedad donde el cine de Almodóvar, incluso el peor Almodóvar, recreaba una evolución. Y que su popularidad, medida en frías cifras, devenga fantasmagoría, aplastada por el presente de Santiago Segura o los zafios apellidos vascos y por los icebergs del pasado que regurgitan La ciudad no es para mí.
Y es que, en ese río de dudas e inseguridades que es Almodóvar, hay obras que me interesan mucho, aun en sus imperfecciones. No se trata tampoco de su cine de la más impostada qualité, el de Todo sobre mi madre o de Volver, esa astracanada manchega de tan pésimo gusto. A mí me fascinan La mala educación, La piel que habito y, por encima de cualquier otra, Los abrazos rotos, a la que considero entre las diez o quince películas españolas más relevantes de nuestra historia.
Por hurgar más en la herida de la progresiva desconexión de su cine con este país, los fracasos sin paliativos de estas tres obras, no compensadas con el balón de oxígeno de otros tiempos procedente de Cannes o de aquel Oscar como guionista de Hable con ella, acentuados por el varapalo de Julieta el pasado fin de semana, podrían abocar a Almodóvar a un cul-de-sac. O a algo peor, a la búsqueda de salidas de emergencia tan sórdidas como la que lo llevó, con Los amantes pasajeros, a intentar recuperar al público que ya nunca será suyo, el del humor del gazpacho y la ventosidad.
Atención a lo que viene: muy bien pudiera ser que, paradójicamente, uno de los frentes históricamente más beligerantes para Almodóvar, el de los Goyas, llegase para aliviar la situación ya entrado el 2017. Porque Julieta, con sus ataques de cursilería -esos diálogos sobre el lago de Como o el festival de música sacra de Fez- es académicamente muy premiable. Y Emma Suárez huele a Goya.
No es descartable, en sentido contrario, que todo ruede mal. Y que en un breve plazo veamos a Almodóvar rodando en francés con Binoche -que ya habrá olvidado la «pesadilla Coixet»- con Huppert o con la Deneuve. Y aquí, en nuestros manteles, que vaya marchando una de apellidos maños. Y otra de calamares.