«Los bares para reunirse han muerto, lo que triunfa es el móvil»

Dejó el periodismo para trabajar con Andre Agassi en la elaboración de las memorias del tenista, un libro que sorprendió por su gran calidad literaria. Ahora publica en España «el bar de las grandes esperanzas», en el que traza su propia autobiografía a partir de sus recuerdos en el bar Dickens, un lugar que frecuentaban poetas, policías, apostadores, boxeadores o estrellas del cine. Todos tenían una historia que contar

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Licenciado en Yale, J.R. Moehringer (Nueva York, 1964) trabajó en The New York Times y Los Angeles Times. Ganó el Pulitzer por un trabajo periodístico sobre el último lugar en Estados Unidos, en Alabama, donde los descendientes de los esclavos viven en una plantación. Colaboró con Andre Agassi en la elaboración de Open, la autobiografía del tenista. En el 2012 publicó la novela Sutton, sobre el atracador de bancos más famoso de Estados Unidos, y ahora está trabajando en el siguiente libro que está ambientado en Europa y el Medio Oeste de Estados Unidos sobre niños perdidos. En El bar de las grandes esperanzas cuentas su propia historia, la de J.R, que creció con su madre, pues su padre lo abandonó antes de que pronunciara su primera palabra, y buscó refugio en el bar Dickens, donde forjó su identidad. «Hijo único, abandonado por mi padre, necesitaba una familia, un hogar. Y hombres. Sobre todo hombres que me sirvieran de mentores, de héroes, de modelos a seguir», escribe sobre aquel bar que, confiesa, le sirvió de salvación. 

-¿Cómo decidió escribir un libro sobre este bar?

-Toda mi vida quise escribir algo personal, pero siempre pensé en una novela. Durante varios años intenté escribir las historias de mi infancia, de los hombres del bar, como una ficción, pero no funcionaba, a las editoriales no les interesaba y a mí tampoco. Mi editor, que para mí es un héroe, una especie de gurú, me dijo un día: «¿Por qué no cuentas la verdad?», y fue una revelación. Me propuse contar la verdad sobre mí, mi madre y mi abuelo, y me dio miedo, porque había muchas cosas en mi familia de las que no se hablaba. Pero como escritor ese miedo fue como una flecha que me guio hacia lo que tenía que escribir.  

-Habló con las personas que frecuentaban aquel bar.

-Así es, pedí permiso a todas las personas a las que había conocido de pequeño para utilizar sus historias como parte de la mía. Eran unas negociaciones que me aterrorizaban. Hablar con Poli Bob, el policía que había disparado al tío equivocado y ni sus hijos sabían que lo había hecho. Me tuve que sentar con él y decirle que se lo quería contar a todo el mundo. O hablar con mi tío de su pérdida de pelo, que fue traumática para él y de la que nunca habíamos hablado. Pero también había un cierto poder en esas conversaciones que yo podía intuir. Cuando me puse a escribir la verdad, el proyecto se convirtió en algo diferente. A mitad de camino ocurrió el 11-S, que fue muy importante y me animó a terminar.

-¿Cómo le influyó el 11-S?

-Lo cambió todo, mi forma de escribir, mi relación con los demás, lo que pensaba de mi pueblo natal, cómo algunos momentos que parecían no tener mucha importancia se volvieron muy especiales. Como dice una mujer cuando muere su marido en una obra de Edward Albee, en aquel momento amé a todos los que han sufrido. Ese fue el efecto que me causó el 11-S, me rompió el corazón y un corazón roto es un buen punto de partida para escribir una historia.

-Usted, que creció con un padre ausente, se sintió solidario con los familiares de las víctimas.

-Por supuesto. Escribí en Los Angeles Times una historia sobre la muerte de mi primo en las Torres Gemelas y sobre mi ciudad, que había perdido más gente que cualquier otra. Escribí la historia de una mujer que había perdido a su marido, de su hijo. Era una obsesión y todo eso acabó en el libro. La pérdida del padre es un sentimiento universal.

-¿Lo que cuenta en el libro es verdad o está idealizado?

-Es todo verdad. En Estados Unidos si escribes no ficción hay unas reglas muy estrictas que hay que cumplir, no existe la libertad que existe en la ficción para inventar. Como periodista no tienes esa licencia. Hay autobiografías en las que sí se ha hecho eso, pero si eres periodista todo está sometido a la verificación de datos, el jodido fact checking

-¿Cómo era aquel bar?

-Era uno de esos lugares que son como un relámpago dentro de una botella, como un equipo de fútbol en el que de repente todos se juntan, como un barrio en que se reúnen muchos escritores y donde viven sus personajes. Por alguna razón misteriosa se encontraron en este bar maravillosos contadores de historias, gánsters, mujeres bellísimas o jóvenes precoces. Fue un momento histórico en que los bares eran puntos de encuentro, había espacio tanto para los borrachos como para las familias que iban al cine. Había mucha vida y una mezcla de peligro y de absurdo con una cierta magia que se esfumó cuando murió el dueño.

-Para usted fue una especie de sustituto de su padre.

-Sí. Para mí fue vital, era un niño sin padre que necesitaba encontrar a otras personas para llenar ese vacío. Si no hubiese sido por los hombres del bar podría haber ido por el camino equivocado.

-¿Su pasión por contar historias nació en aquel bar?

-Sin duda. También de mi familia. Mi abuela era una gran contadora de historias y su reino era la cocina. Era una mezcla perfecta que cualquier contador de historias necesita, le gustaba contar pero también escuchaba con atención. También los hombres del bar. Tenías que vivir en base a tu inteligencia y reinventarte todos los días contando a la gente quién eras. Nos ayudábamos mutuamente contándonos nuestras historias.

-Se pasaba horas escuchando en la radio a su padre, que era pinchadiscos y al que llamaba La Voz.

-Me pasaba horas escuchando la radio y me imaginaba a mi padre por su voz. Cuando imaginas algo con desesperación imaginas más que una persona normal. Esto me dio un sentido superdesarrollado de imaginación. Mi madre se queja de que nunca puede ocultarme nada. Cuando le pregunto qué le pasa y me dice nada le digo que no es verdad, que le pasa algo. Me responde que odia que pueda leer lo que pienso y mis amigos también se quejan de lo mismo. 

-¿Cómo le marcó la ausencia de su padre?

-Lo conocí cuando era adolescente. Quería conocerlo, pero era imposible. Es muy difícil concluir y comprender que tu padre es mala persona. A los 35 años por fin lo reconocí. Fue un día que me llegó una caja enorme a mi oficina con su nombre en el remite, me temblaba la mano cuando la abrí. Saqué las cosas que había dentro y en cada una había una etiqueta, por ejemplo, tercer cumpleaños, navidad a los seis años... eran regalos para recuperar todos los cumpleaños y las navidades que había perdido. Cada cosa costaba como un dólar, era su manera de apaciguar su sentimiento de culpa, pero lo único que hizo fue rememorar todos los malos recuerdos. Llevé la caja a mi coche y la eché en un basurero como si fueran residuos nucleares. 

-¿Qué sintió cuando murió?

-Me llevó mucho tiempo entender cómo podía estar destrozado si sabía que mi padre era una mala persona, porque sigue siendo tu padre, tienes la mitad de su ADN, a lo mejor su nariz. Es uno de los grandes misterios de la vida, somos nuestros padres y no lo somos, tenemos que comprenderlos y al mismo tiempo nunca podremos comprenderlos.

-De su madre dice que acabó descubriendo que tenía todas las características que asociaba con la masculinidad, como la determinación, la fiabilidad o la honestidad.

-Un hombre joven tiene que pasar por esa fase, te tienes que separar de tu madre para verla. Lo descubrí de forma paulatina, muy dolorosamente, y no realmente hasta que escribí el libro. Aún lo sigo haciendo. Es una mujer extraordinaria.

-Los bares actuales ya no son lo que eran como lugar de encuentro.

-Son como los dinosaurios y eso me entristece porque asocio esos bares con libros y periódicos y tolerancia, que la gente aprendía. Era difícil que todo se tratara de ti cuando estabas en un bar con cincuenta personas. Aquellos bares como lugar de encuentro, para reunirse y hablar, murieron. Lo que hoy triunfa es el móvil, todo el mundo se siente como un emperador con su móvil, es lamentable. El bar igualaba a todo el mundo.

-El bar era su refugio. ¿Dónde se refugia ahora?

-Después del bar intenté refugiarme en las librerías, pero no funcionó, están en vías de extinción. Un día a la semana lo desenchufo todo y la gente no me puede localizar. Eso volvía loco a Agassi, se reía de mí y me decía: «No te puedo hablar en tu día sagrado de domingo». Pero me he dado cuenta de que mis amigos me están imitando, porque el mundo se empeña en debilitarte y es tu responsabilidad mantener tu fuerza y necesitas un día alejado del mundo. Yo lo dedico a leer, a reflexionar, y ese es mi refugio.

-¿Cómo fue su relación con Andre Agassi?

-Bromeamos diciendo que somos hermanos con madres diferentes, pero él también tiene muchas ganas de adoptar a mi madre. Cuando estábamos escribiendo partes difíciles y delicadas del libro decíamos: «Vamos a ver qué dice Dorothy, que es mi madre». Tenemos un vínculo muy fuerte. Considero a Andre, a Steffi y a sus hijos como mi familia, son una parte muy importante de mi vida. Yo odio escribir. La gente siempre habla del terror a la página en blanco, pero yo amo la página en blanco, porque aún no tiene errores, todavía no la he jodido. Pero escribir el libro de Agassi fue muy divertido, genial, aprendimos mucho el uno del otro. Me enseñó cómo llevar la intensidad de un atleta a la escritura. Era lo contrario a mi mantra habitual: esto es una mierda y a nadie le importa. Para mí fue muy transformador. Nos encontramos en el momento justo, su vida como tenista se estaba acabando, la mía como periodista también, queríamos escribir un libro que nadie hubiera escrito antes. Nos lo pasamos muy bien experimentando. Agassi es un contador de historias genial y un caballero. Cuando estás trabajando con alguien así, con alguien que te trata con muchísimo respeto, te saca lo mejor. 

-¿Se conocían antes?

-No. Leyó El bar de las grandes esperanzas y me llamó.

-¿Cómo era el trabajo?

-Trabajamos mano a mano, nos proponíamos ideas, yo leía a Freud y le decía: «Creo que has hecho esto por tal razón, porque te has saboteado a ti mismo», y él me decía: «Que le den a Freud, no tiene que ver con Freud». Nos reíamos y compartíamos la experiencia. Fue un flujo constante de ideas. A mí me obsesionaba la estructura. Encontrar el marco para esa vida fue lo que yo aporté. 

-¿Repetiría la experiencia de Agassi con otros personajes?

-He hablado mucho con él de esto, tendría que ser la persona indicada. Yo le dije a Andre muchas veces que no, pero me ganó. Cuando le dije que no había entrevistado a otros escritores, me llamaba para decirme que por mi culpa ya no le gustaba ninguno. Yo le dije: «Tú has hecho lo mismo con otros personajes».

El bar de las grandes esperanzas. J.R. Moehringer. Duomo Nefelibata. 464 páginas. 19,80 euros 

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