Penélope fue a la guerra

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa EL RINCÓN DEL SIBARITA

FUGAS

Neverhome (Ella era más fuerte) es un libro duro, hermoso, que se lee como si ya tuviésemos ante los ojos la película que lleva dentro y que, según se anuncia, ya está en marcha. Lo que hace en este formidable texto Laird Hunt es volver al tuétano mismo del relato, a narrar, a poner sobre la página una fábula en la que se cuenta un tiempo, un país, a partir de lo que le sucede a Constance, una de las 400 mujeres que durante la Guerra de Secesión de Estados Unidos se disfrazaron de hombres para poder alistarse en las tropas del Norte y luchar en defensa de la República y contra la esclavitud.  

Así que Hunt hace que Constance se convierta en un soldado llamado Ash y abandone en su granja de Indiana a su marido -porque ella era más fuerte-,  lo que un personaje resumirá, muchas páginas después, con una frase descomunal:

-Penélope se fue a la guerra y Ulises se quedó en casa.

En otro pasaje de la novela, Constance desvela que su madre tenía por costumbre «empezar un cuento y acabarlo con otro»: «Hansel y Gretel terminaba con El enano saltarín y La reina de las nieves con Mamá Gallina». Y, en medio del abismo absoluto de la guerra, cuando regresa a Indiana y deja atrás los estados rebeldes, hay un momento en que Constance piensa que ha salido de un cuento para entrar en otro: «En ese otro en el que ahora estaba, el ángel de la muerte no había desplegado sus alas ni tapado las estrellas ni mandado metales y hombres a chirriar juntos en esa horrenda noche que nunca acabaría», sino que «el tictac de los relojes resonaba en las repisas de las chimeneas y las agujas marcaban algo cercano a la hora correcta». 

Porque este no es uno de esos libros que lee al volver de la guerra, donde la batalla de Petersburg dura cinco minutos y «las mujeres son santas y ángeles» y ninguna empuña un arma. Aquí huele a sangre y, enhebrando un cuento con otro, como hacía su madre, Constance, o Ash, o Laird Hunt, o tal vez los tres juntos, nos dejan sin aliento. Es la «belleza sublime y horrenda» de la que habla Quitman Moore en la cita inicial.