Habrá que saldar una vieja deuda pendiente con esta gente, porque del asunto en cuestión han transcurrido ya algunos años. Antes de nada, situemos las cosas en su contexto. Imaginemos un pueblo enclavado en el fondo de un frondoso valle vasco, fértil en cooperativas y gusto por la tralla. Pensemos en un barrio en fiestas. Dos parrillas cruzadas sobre la puerta de la capilla encierran, a modo de jeroglífico, el nombre del vecindario y del santo a quien la comisión organizadora dedica sus mejores esfuerzos: San Lorenzo, el mismo que acabó sus días sobre las brasas. Puro verano hasta en el santoral. Por allí andaba uno, despistado entre tanto kalimotxo, cuando cuatro sujetos con pinta de saber lo que hacían se encaramaron a un escenario minúsculo del que no bajaron hasta haber completado hora y pico de caña espectacular. Cada uno de ellos, una máquina con su instrumento; todos juntos, una excursión magistral por los más variopintos prados del rock, el metal y el punk, con sus ramalazos hardcorianos y sus estribillos melódicos. Al acabar preguntaron «¿hay algo por ahí?». «No», respondió el respetable. Así que cargaron su material en la furgalla y regreso a Pamplona de madrugada, no sin antes regalarnos un disco. «Escribe algo». Se llaman Sakeo y una de sus letras habla de «Guillotinas en la Plaza Mayor». Profesionales, muy profesionales.