No me cachees que llevo chanclas

Serxio González Souto
Serxio González O TUBURBIO

FUGAS

Aaquella noche en la que me dejaron entrar en una discoteca de la zona nueva de Santiago sin ponerme cara de gorila comprendí que algo estaba cambiando. Le llamaron grunge y, al margen de un par de bandas, la mayor influencia que recuerdo de aquella tropa fue la que ejercieron sobre los porteros de garitos y pafetos. Por fin a los tipos desgreñados de ceñido pantalón nos franqueaban esas puertas que, de todas formas, conducían a antros mucho más chungos que los que frecuentábamos entre humaredas. El otro día fui a un buen concierto. Varios veteranos despeluxados se hacían acompañar de sus vástagos. Chavales de trece o dieciséis años que, vaya usted a saber por qué, han heredado los gustos de sus viejos. En cuanto observé cómo un grupo de sujetos uniformados les metían un cacheo exagerado y fuera de lugar comprendí que, veinte años después, en realidad nada ha cambiado. Los sospechosos habituales siguen siendo los de siempre. Mientras, otra gente, sin duda más respetable, arrastra a sus hijos, algunos apenas bebés, a las verbenas de las orquestazas de turno sin que nadie les llame la atención. Las criaturas se duermen de puro cansancio, agarradas a la barra de la comisión de fiestas como náufragos a su tablón. Pero no hay cacheos. Serán las chanclas, digo yo.