Hace un año la escritora argentina Claudia Piñeiro entró una noche en su cuenta de Twitter antes de irse a dormir y leyó el mensaje de una mujer que había visto que la Wikipedia la daba por muerta. La trampa era tan burda que el asesino virtual la había matado en una fecha futura, lo que de inmediato le llevó a las páginas de El perseguidor, de Julio Cortázar, y a esa legendaria frase en la que Johnny Carter retuerce el pescuezo al tiempo:
-Esto ya lo toqué mañana.
Piñeiro convirtió aquella tétrica anécdota en un hermoso artículo que tituló No me morí mañana.
Treinta años después de su primer viaje, la autora acaba de regresar a Galicia para visitar Portosín, la tierra de su padre -el «comunista en calzoncillos» de su anterior novela-, y para presentar su nueva obra, Una suerte pequeña (Alfaguara).
Piñeiro, que se forjó como guionista en la construcción de personajes, nos regala aquí a Marilé, uno de esos seres de carne y hueso que amenazan con salirse del papel. La autora sitúa a la protagonista ante un abismo que le obliga a mostrar sus fisuras y, al avanzar el relato y las encrucijadas de las decisiones, vamos descubriendo quién es y, al mismo tiempo, quiénes somos nosotros mismos.
Nos reencontramos así en esta novela con «la amabilidad de los extraños», una idea que sobrevuela Un tranvía llamado Deseo y que pertenece a ese puñado de cosas que hacen la vida relativamente soportable. Y, a través de una prosa donde las imágenes adquieren una enorme fuerza como ya sucedía en Betibú, el lector no deja de asombrarse ante la capacidad que posee la autora para contar de una forma solo aparentemente sencilla realidades muy complejas y duras.
Porque, como el propio Alfred Hitchcock, Claudia Piñeiro siembra de inquietud el paraíso. Incomoda a la clase acomodada, que es otra forma de cumplir la vieja máxima del periodismo:
-Hay que confortar al afligido y afligir al confortado.