El icono pop que llegó del espacio exterior

FUGAS

Fue el más claro ejemplo de artista devorado por su personaje que nos ha dejado el siglo XX, pero más allá de su simpar vulcaniano Spock, Leonard Nimoy deja discos, fotografías y poemarios reivindicables

06 mar 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

La esperanza de vida de los habitantes de Vulcano supera los 200 años. Pero la condición híbrida de Spock -hijo de vulcaniano y humana- acortó su larga y próspera vida hasta los 83 años. O quizá, tal y como vimos en la segunda entrega para la gran pantalla de Star Trek, La ira de Khan, el entrar en la cámara de antimateria sin traje de protección para conectar los motores que permitieron escapar por los pelos a la nave Enterprise de una explosión devastadora, terminó pasándole factura a la larga. Ahí Spock moría, para resucitar en sucesivas entregas. Pero ahora, y por mucho que se empeñe Zachary Quinto (el actor que interpreta el personaje en las nuevas películas), Spock ha muerto para siempre.

Pocos casos tan exagerados como este se han visto en la historia del cine y la televisión de actores que hayan sido devorados por sus personajes. Leonard Nimoy no solo convivió con ello, sino que supo aceptarlo y explotarlo hasta el punto de convertirse en objeto de chanza para muchos. Esto lo llevó a protagonizar el programa especial dedicado a los Oscar de 1987 de las satíricas marionetas británicas Spitting Image. Allí presentaban a un Nimoy enfurecido con Hollywood porque nunca le había premiado por sus variados papeles como Spock, Señor Spock, Capitán Spock... Motivo por el que boicotea la gala secuestrando las estatuillas. Parodia graciosa, pero injusta, de la vida artística de quien dirigió la tercera y cuarta película de la saga trekkie, escribió muchos de los guiones de la serie o compartió pantalla con Donald Sutherland en la versión de 1978 de La invasión de los ultracuerpos. Es más, dejando el cine a un lado, Nimoy dejó también varios libros de poemas pasto de los fans, y múltiples exposiciones fotográficas.

Sea como fuere, Leonard Nimoy supo crear un personaje que trascendió la pantalla para convertirse en una auténtico fenómeno de masas, un icono cultural y estético que sobreviviría a los años sesenta, cosa de la que no muchos pueden presumir. Cabe plantearse si sin su peinado, su actitud ultrarracional y distante y su impecable uniformidad habría llegado a existir el corte de pelo de Vidal Sassoon que lució Mia Farrow en La semilla del diablo o cuál habría sido la estética y actitud de grupos como Kraftwerk o Devo.

El fenómeno en que se convirtió Spock propició que Nimoy desplegase una, en un principio, prometedora carrera musical, al tiempo que sepultaba definitivamente la posibilidad de que esta fuese tomada en serio. Ante el éxito de la serie Star Trek, los ejecutivos de Dot Records (subsidiaria de Paramount) propusieron al actor grabar un disco de música espacial. De ahí sale un primer álbum que es puro merchandising para fans de la serie, que arranca, cómo no, con la canción de Star Trek. Todo temática espacial cantada por Spock. Pero este disco daría paso a trabajos más personales, marcados por la sensibilidad pop y las reivindicaciones pacifistas de la época. Se convierte así en una especie de cantautor folk de voz grave y buenas ideas, víctima de unos arreglos sobreproducidos que dejan ver que, en la discográfica, nunca terminaron de tomarse en serio al Nimoy cantante. Aún así, hay sensibilidad y canciones, más allá del valor que un disco de estas características tenga como fetiche kitsch.

Nimoy, que a pesar de las apariencias siempre fue un tipo con los pies muy en la tierra, jamás vio la música como más que un pasatiempo. «Seamos sinceros, solo soy un actor que graba discos. No dudo de mis capacidades, pero tengo 37 años y desde luego no soy Sinatra», explicó en una entrevista en 1968. Muy cabal y razonable, como buen vulcaniano.