Lleva toda la vida haciendo lo que le viene en gana. Y eso molesta. Cuando lo erigieron en líder de la canción política, rompió con todo bruscamente. Afirmó que solo le movía el dinero. Le metió electricidad al rock y, de paso, le puso cerebro. Luego desapareció. Acudió a las raíces y redirigió su trayectoria. En los setenta demostró ser más punk que ninguno. A su manera, claro. Cuando tocaban escupitajos él se hizo cristiano. Llegó incluso a tocar para el papa Juan Pablo II. Eran los años ochenta en los que parecía que se había echado a perder. Error. De nuevo, volvería a la tradición. Renació en una última etapa grandiosa que continúa hasta hoy. Por el medio, lo mismo: cada cierto tiempo una polémica. Muchos se enojaron por participar en anuncios de bancos. Sin ir más lejos, esta semana lo acusaron de vendido por ponerse al servicio de un spot de coches y otro de yogures en la Super Bowl. Y, vaya, hay quien ve que su último disco, Shadows Of The Night, en realidad es una provocación. Recrear temas románticos de Sinatra de los cuarenta y cincuenta, la música pro-sistema contra la que iba el folk que el reinó sin haberlo pedido. Cuando se dio cuenta de aquello escapó. Así continúa hasta hoy. Es Bob Dylan y seguirá siéndolo hasta la tumba. Tarde para cambiar. O lo tomas o lo dejas.