Todo o nada

Maxi Olariaga

FIRMAS

Ahí les ven pendientes como planetas del afortunado firmamento de los sueños. Rotundamente redondos. Mundos dorados a los que confiamos nuestra vida y nuestros deseos. Cofres sellados por la inconstante Fortuna, la diosa aventurera que a los pies de Zeus abanica su rostro caprichoso con el vellocino áureo.

Miles de huevos de oro macizo flotan en un mar de esmeraldas en el que nada un ave lujuriosamente bella trazando con su cola multicolor la estela plateada de nuestro destino. Pronto, mañana mismo, despertarán de su letargo de algodón y el Gran Padre Zeus, de una patada, los precipitará a la Tierra para que los deshechos del combate por la vida que aquí abajo libramos los desahuciados de la sal de los campos contra el ejército de amaneceres vacíos que invade nuestros mundos pequeños, nuestros desdentados castillos y nuestros lechos deshabitados de sueño, sean repartidos como flores de loto encerradas en una piñata divina.

Esos irracionales jeroglíficos, esas marionetas con las que los dioses permiten que juguemos una vez al año, girarán y girarán como tiovivos sin rumbo escupiendo de vez en cuando un caballito ganador sobre el que cabalgarán los elegidos por una diosa ebria que no espera más que el ocaso para volver al Olimpo y, besando los pies de su amo, enjugarlos con sus lágrimas de hipócrita arrepentida para que le sea permitido vivir otro año más en su palacio de nácar bordando sobre el mapa de Hispania el destino de los seres humanos que lo habitan.

Mañana, mientras el sol se asoma al balcón ondulado del horizonte más lejano, los bombos comenzarán su danza macabra y el ave sentirá los primeros dolores de parto. Pronto comenzará el desove y la mentira, la ambición y la avaricia entrarán en las alcobas reptando como cobras sobre las baldosas agrietadas de las casas de los pobres y sobre la tibia lana de las alfombras pintadas a mano que visten los suelos podridos de las mansiones de los ricos.

Los huevos de oro que como una nevada sucia cubrirán el asfalto de las ciudades y los herbales de las aldeas, eclosionarán en el lago de burbujas contenido en las botellas de cava, y los seres humanos, como la diosa, se embriagarán y bailarán como peleles hasta desmoronarse ante las puertas de los bancos. En ellos entraremos arrastrándonos y en sus manos que hasta ayer nos habían arrebatado nuestras vidas, confiaremos ¡qué estúpidos! el regalo de Fortuna sin siquiera incensar la sombra de su paso.

Solo unos pocos entrarán en palacio. Los demás, millones de mendigos irredentos, permaneceremos unas horas envueltos en nuestros andrajos, amontonados como sacos de escombro ante las puertas de ébano tras las que se celebra el banquete.

Pronto vendrá la Guardia Real y nos expulsará de su paisaje flagelando nuestras costillas con la vara de la justicia que dicen azota a todos por igual. Cada quien y cada cual volveremos a nuestras chozas a respirar la insana soledad de los olvidados. Sentados al pie de la lumbre recordaremos las escasas horas previas al sorteo, aquellas en las que creímos firmemente que al caer la noche cenaríamos con los dioses y vestiríamos túnicas de seda virgen. Aquel minuto en el que soñamos que nuestra mellada dentadura se convertiría en una frontera de perlas.