El verano -más bien, el amago- se acabó. Aunque el calendario se empeñe en no finiquitarlo hasta el día 21. Pero sin el jolgorio de los niños en las playas, o sin las bermudas de los guiris por las calles, está más muerto que Manolete. Y han pasado unas cuantas cosas desde que nos tomamos las siempre necesarias vacaciones. Buenas y malas; importantes y poco trascendentales. Pero lo que de verdad cuenta es que estemos aquí para contarlas o chismorrearlas. ¡Que no es poco!
Durante todo el estío se ha ido acrecentando en mí una sensación que no sé si alguno de ustedes comparte: parece que todos se han empeñado en cambiar para seguir igual. El PP, en nombre de la regeneración democrática, marea la perdiz con reformas exprés que lo único que parecen buscar es el ventajismo partidario; el pan nuestro de cada día, vamos. El PSOE cambia de líder y comienza un nuevo discurso más agresivo hacia Podemos, al que considera más peligroso que los populares. Así mantiene sus silencios, indefiniciones y desubicación fuera del foco de atención.
Ambos partidos, y otros más pequeños, dicen haber entendido los mensajes que a diario les envía la sociedad; pero persisten en sus estructuras oscuras y antidemocráticas, en fomentar la profesionalización y el clientelismo. Todo esto me recuerda a aquellas personas que para evitar la ducha se aplican ingentes cantidades de perfume, una mezcla explosiva que resulta más llamativa y desagradable que el problema original.
La Dirección General de Tráfico nos intentó convencer de que las campañas serían más informativas y formativas, dirigidas a los problemas más graves de nuestra seguridad vial. Al final nos endilgan, una tras otra, campañas que tienen como objetivo prioritario recaudar fondos para ese monstruo insaciable en el que se ha convertido el Estado. Lo resume el mensaje de móvil que ha circulado este verano: si tienes un accidente no hay dinero para trasladarte a un hospital o atenderte con la urgencia debida, pero si circulas a 130 kilómetros hora por una autopista hay dinero para comprar un helicóptero y multarte.
Estos son solo pequeños ejemplos. A diario nos encontramos con otras muchas contradicciones del sistema que entre todos hemos construido. Más graves e inhumanas. Algunas escandalosas. Lo que demuestra que, primero, nos hemos equivocado construyendo esta nave y, segundo, no estamos reaccionando a tiempo para corregirlo provocando el menor sufrimiento posible. Y lo más llamativo: es la sociedad la que cada día está más concienciada ante la pasividad o ineptitud de quien la dirige.
Para finalizar, ante la multitud de loas y cánticos a la figura del desaparecido Botín, pondré un contrapunto. ¿Es el paradigma de banquero aquel que inventó y puso en circulación productos financieros de muy dudosa legalidad y nula moralidad? ¿Lo es aquel que estaba acusado de ocultar su fortuna? ¿O tener 80 filiales en paraísos fiscales o ser la cuarta entidad en España en número de desahucios? Pregunto.