Andrea Dapena, jugadora de balonmano del Porriño, comparte sus experiencias sobre la pista con sus mayores fans: sus alumnos de cuatro y cinco años en la escuela de Pías (O Rosal)
01 sep 2014 . Actualizado a las 06:00 h.Andrea Dapena se siente «una privilegiada». Desde hace seis años divide su tiempo entre las que considera sus dos vocaciones, dos actividades que le llenan por igual: su labor como maestra en la escuela unitaria de Pías (O Rosal) y su faceta de jugadora de balonmano, a partir de este curso en las filas del Porriño.
Admite que no para. «Es un ir y venir constante. Incluso cuando acaba el curso, que sigo entrenando en balonmano, y cuando termina la competición, que continúo con el colegio», cuenta. Es algo que le requiere «un gran esfuerzo». Pero sarna con gusto no pica. «Son dos cosas que disfruto muchísimo, y al final eso te lo compensa todo. Mucha gente se ve obligada a aceptar trabajos que no le agradan, mientras que a mí mi profesión me encanta y, además, no me supone renunciar al deporte de mi vida», razona.
Andrea, de 29 años, se inició en el balonmano cuando tenía diez y hasta hoy. Pero asegura que, proveniente de una familia vinculada con el deporte, le inculcaron en todo momento que debía ir trazando un camino paralelo y ella recogió el guante. «Desde un principio tuve claro que quería sacarme mi carrera y conseguir un empleo estable. Lo compaginaba con el deporte como una afición y algo que me gusta hacer, pero sabiendo que hasta ahí, que lo primero era formarme».
Se define como «una persona fría en ese aspecto y con los pies en el suelo», por eso centró buena parte de sus esfuerzos en sus estudios y en sacar la oposición, que aprobó hace tres años. «El balonmano me entusiasma, pero sé que se acaba. El día que dejes de jugar, resulta clave tener un trabajo fijo», insiste. Y recuerda que eso le sucede incluso a las personas que -a diferencia con quienes, como ella, practican balonmano femenino en España- sí pueden vivir de su deporte. «Te puede dar de comer durante una temporada. Luego te retiras y te toca reorganizar tu vida y empezar de cero. Yo tengo la tranquilidad de que cuando lo deje contaré con un trabajo y una vida estable».
Ese momento de su retirada todavía está lejano en el horizonte. «Si me preguntan hace un año, igual decía otra cosa, pero ahora, en el Porriño, estoy recuperando la ilusión por jugar al balonmano y me siento contenta y tranquila. Me veo bien», señala sobre la etapa que está iniciando en su nuevo club.
Precisamente, los kilómetros entre Porriño y O Rosal marcan su día a día. «Al final es solo media hora, pero sí que hay ciertos momentos de agobio en que se hace cuesta arriba, sobre todo en invierno. Por suerte, mi trabajo es bastante llevadero, con jornada de nueve a dos y los entrenamientos por las tardes», cuenta.
En las aulas se enfrenta a pequeños de cuatro y cinco años que son sus fans más incondicionales. El contacto con sus alumnos lo califica como «muy gratificante». «Al estar en División de Honor salen bastantes noticias en los medios e incluso retransmitieron algunos partidos de la Copa de la Reina. Me decían: ??¡Profe, que te vi por la tele!??. Estaban supermotivados y hasta me hicieron un mensaje especial. Siempre me están preguntando y yo les cuento», comenta divertida. Y no descarta que su influencia lleve a alguno de ellos a iniciarse en el balonmano. «Son muy pequeñitos, pero a algunos sí que los he visto en algún torneo de escuelas deportivas».
Sus compromisos con el equipo le han obligado puntualmente a pedir días de permiso en el centro escolar donde imparte clases. «Ese es el mayor contratiempo que encuentro. Al nivel que estamos, en la élite, hay ciertos viajes como para participar en la Copa o a Canarias. A la hora de entrenar, las sesiones son diarias y mucho más exigentes».
Otro inconveniente es la falta de tiempo libre para estar con los suyos. «Los fines de semana son para los partidos, aquí o fuera. Cuando toca viajar, muchas veces no vuelves hasta el domingo y días de descanso para mí no existen. Todo esto me resta tiempo para estar con mi pareja y mi familia, por eso agradezco que me entiendan y me lo pongan tan fácil», subraya.
La época del año más complicada es probablemente a la que se enfrenta ahora. En plena pretemporada y con el inicio del curso al caer. «Lo que más cuesta es arrancar, y el cansancio de cuando suena el despertador por las mañanas. Una vez que entras en la dinámica, te olvidas de todo». Eso es aplicable a sus dos facetas. «A veces estás estresada del colegio y en el entreno desconectas. Pero también al revés. Compensas una cosa con la otra».
La profe, en su equipo, se pasa al otro lado, como pupila de Abel Estévez. «Él manda, organiza y saca el grupo adelante, claro. Pero lo llevo muy bien», concluye entre risas.
Titanes más allá del deporte andrea dapena JUGADORA DE bALONMANO