Falta conciencia y educación en la población para acabar con la plaga de los incendios forestales que arrasan nuestra naturaleza cada año. Es el problema de fondo, saber que con cada fuego nos estamos autodestruyendo como pueblo. Casuísticas hay muchas, dice quien investiga los incendios. Cada paisano sabrá por qué le planta al monte. Y si se queman tantas hectáreas por que él lo quiso o lo hizo sin querer.
Cuando nos vemos rodeados de humo o cuando pasamos por un paraje destruido por un incendio, la gran mayoría nos lamentamos y nos preguntamos por qué pasa esto. Pero no tanto como para apuntar al autor. O como para asumir las propias responsabilidades. Queremos que venga enseguida el helicóptero o la brigada cuando el fuego se aproxima a los pueblos, pero hay cantidad de fincas o maleza alrededor de las viviendas que no se limpian. Y ahí interviene la despoblación y el envejecimiento del rural. Hay mucho abandono y el monte y toda la vida que contiene lo pagan. La extinción de incendios es cara aunque funcione más o menos bien, según a quien se le pregunte. La eterna cuestión de darle valor económico al monte para que sea rentable mantenerlo limpio sigue pendiente. En lo forestal está todo probado, dicen, falta que nos lo creamos y lo llevemos a cabo, para no suicidarnos.