Menos mal que queda la fiesta, porque lo que no hay es trabajo. Es más o menos lo que viene a decir Isolino en la viñeta que Xaquín Marín dedicó ayer al Primero de Mayo. No hay trabajo, pero lo habrá. Mariano Rajoy prometió que en dos años se crearán 600.000 puestos de trabajo. Ahí es nada: suponiendo que no se destruyese ni uno, a ese ritmo de generación de empleo nos harán falta más de seis años para alcanzar los niveles anteriores al inicio de la crisis, que tampoco eran para tirar cohetes.
Todo un jarro de agua fría que se sirve, sin embargo, como una tisana para hacer más llevadero el calvario. Porque, al margen de la calidad de ese empleo prometido, lo que se viene a anunciar es que las cosas no han cambiado tanto, como por otra parte se deduce de una observación detenida de la última encuesta de población activa. La recuperación no se traduce todavía en empleo y la situación para muchos no ha tocado fondo, porque a los más de 30.000 hogares gallegos en los que no entra ningún ingreso se irán sumando, aún, los que agotan las prestaciones.
Pero hay que vender optimismo. Europa, atrofiada como proyecto, se enfrenta a unas elecciones con promesas de empleo para no se sabe cuántos millones de ciudadanos. Con los antecedentes que tenemos, hasta parece una broma de mal gusto que los partidos políticos entren de nuevo en esa subasta electoral. No hay escarmiento ni temor al escarnio. Solo se entiende con otro chiste, aquel que circuló en su día poniendo la cínica explicación en boca de Felipe González: «No me han entendido bien, no he prometido ochocientos mil empleos, eran ochocientos o mil».