El momento es idílico. Precisamente cuando la crisis golpea más duramente el panorama baloncestístico estatal -lo de las selecciones y el verano es otro cantar- por aquí podemos disfrutar, por fin, no ya de uno sino de dos equipos en la LEB Plata. Atrás quedan aquellos tiempos en los que para gozar del baloncesto de un determinado nivel había que coger el coche y desplazarse a Santiago para ir a los partidos del Rosalía, o incluso a Pontevedra, los que no vivíamos en la capital de la provincia, y ver en acción a aquel Celso Míguez que dirigía el sabio Miguel Ángel Ortega. Ahora tenemos la LEB Plata ahí al lado. Al alcance de todo aquel que la quiera disfrutar. Y vale la pena. Cualquiera que ya haya ido a ver algún partido del Peixe Galego o del Conservas de Cambados -hay muchos que seguro que ya pisaron tanto A Raña como O Pombal- sabe de lo que estamos hablando. Hay una atmósfera especial. Sí, quizás muchas caras son las mismas, pero en algo han cambiado. Los protagonistas -tanto los jugadores como los entrenadores y, por supuesto, los directivos- tienen una mirada distinta. No escribiremos que la mirada del tigre, porque sería caer en la cursilada del tópico fácil, pero debe ser algo parecido. Hay una sensación muy especial cuando sabes que estás pisando terrenos que hasta ahora eran desconocidos para ti y para los que te rodean. Una sensación que se quedará para siempre en el recuerdo. El sábado hay una buena ocasión para volver a saborearla.