Cuatro ojos ven más que dos. Cuarenta, menos. El caso Asunta ha dirigido hacia Santiago tantas miradas que el resultado ha sido una enorme cantidad de ruido que sin duda no ayuda a desentrañar las claves de un caso ya de por sí tremendamente misterioso. Sobrevivir a este caos siendo fiel a la búsqueda de la verdad que debe imperar en todo periodista está siendo una tarea titánica. Todos los días nos hemos desayunado con grandiosas revelaciones que, pasadas las horas, realizadas las comprobaciones de rigor y hablado con las fuentes fiables y directas del caso, han pasado a ser humo y ruido. Mentiras, por no emplear eufemismos. Algunas de esas confusiones tenían un fin periodístico. Intentaban al menos poner luz en una historia con ingredientes de novela negra que lo tiene todo. Una familia bien posicionada, muy conocida y aparentemente perfecta, una niña pequeña que aparece muerta en extrañas circunstancias y unos padres, Rosario Porto y Alfonso Basterra, que acaban detenidos e imputados como principales sospechosos del asesinato de su hija. En ese intento periodístico por contar más y antes que los demás, se han dicho cosas como que el análisis del posicionamiento de los móviles situaba el teléfono de la madre junto al cadáver de la pequeña. Falso, pero sin duda se trata de un error generado por un intento honesto de narrar la verdad. Pero también se han dicho y se ha insistido en asuntos como que Rosario Porto, la madre adoptiva de Asunta, era a su vez una niña adoptada. Falso, y en este caso se trata de un dato cuyo objetivo no era esclarecer la verdad, sino echar más carnaza en una mesa ya suficientemente sangrienta. Eliminar ruido para filtrar la verdad es la esencia del periodismo. El resto es solo show.