«Resistiré como anticuario»

xosé manuel cambeiro SANTIAGO / LA VOZ

FIRMAS

monica ferreirós

Lamenta el destierro de oficios tradicionales por falta de amparo

10 jun 2013 . Actualizado a las 14:34 h.

Antonio Ramón Puga Veiga

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Anticuario

Rincón

El Hospitalillo, porque de pequeño jugaba ahí y tras hacer «maldades» me escondía en la rúa Santa Cristina.

Antonio Puga vio la luz por primera vez en la Algalia de Arriba, en donde correteó de pequeño y residió casi tres décadas. El área de sus juegos infantiles se extendía al Hospitalillo y San Martiño. Fútbol, bicicleta y pillerías eran sus aficiones predilectas. «Ahora hay menos alegría en las calles y más sofá», lamenta. La Algalia alta estaba poblada de negocios «y hoy funciona dos panaderías y poco más». Los locales emblemáticos que jalonaban el trayecto entre la Calderería a Cervantes han devenido en tiendas de otro estilo.

Estudió en San Jorge y Rosalía, y se familiarizó con los antigüedades que rebosaban en el local Hortensia de su abuelo y de su padre. Al bisabuelo, que inauguró el negocio a principios del pasado siglo, ya no lo conoció. La tienda circuló por distintas rúas de la ciudad y hoy reside en la Calderería con su nombre. «Era un mundo bonito, con un trato directo y de amistad con la gente», evoca Antón.

El gusanillo de la profesión fue entrando en él y, pese a flaquear algo su vocación, abrazó luego con firmeza las causas. Iban tres generaciones de la familia Puga y él no quiso interrumpir la cadena, dándole vida a la cuarta. Aunque los tiempos ya no son los mismos: «Antes se apreciaban más estas cosas, y hoy no se valora la calidad y el trabajo que conllevan. Se coleccionaba de todo y el coleccionismo ahora se perdió». Incluso «se han abandonado valores como la familia. No tiene sentido el colegueo de padres e hijos a todos los niveles».

Curiosamente son muchos los foráneos que acceden al anticuario Antón Puga, que se sorprenden de que no haya una calle o barrio dedicado al ramo. Pero es que la tienda de antigüedades de Antón será en breve la única de Santiago. Hay otra que se dedica exclusivamente a esta actividad en San Martiño «pero está en proceso de liquidación». ¿Resistirá el último mohicano de lo antiguo? «Pienso que sí. Vamos a ser optimistas». La clave está en adaptarse a los tiempos y a las nuevas fórmulas y herramientas de negocio.

El «taller visto»

Lo que le parece inadmisible es el abandono de los oficios tradicionales. Por ejemplo: «En una ciudad con profunda tradición platera no hay negocios para ver cómo se trabaja la plata». Y, como la platería, otros oficios quedaron desterrados «por falta de amparo institucional» que podrían dar trabajo a mucha gente. El «taller visto» no tiene cabida porque tampoco la tienen las ideas en las seseras políticas. Lo dice Antonio, que no oculta un deseo: «Me gustaría que se pusiese al frente de la ciudad a una persona que la entienda y la quiera».

Mientras habla, con su esposa Adriana y su padre de testigos, algunos visitantes deambulan por el medio de la exposición de artículos: «Lo que más atrae son las pinturas y esculturas, así como los aparatos antiguos como los máquinas de escribir, teléfonos o rayos de válvulas». Claro que estas apetencias se mueven a menudo al compás de las modas. ¿Que gustos quedaron abandonados? «La porcelana, la plata, la religión. También las lámparas y los muebles»

La crisis está dejando su huella: «De ella no se escapa nadie». Como solución ofrece un símil de la casa: «Es un mueble interiormente carcomido que hay que atacar por dentro».

compostelanos en su rincón antonio ramón puga veiga