Seguramente porque se ha convertido en algo casi exótico en estos días, la sociedad tolera con enorme benevolencia a aquellos políticos que manifiestan cierta capacidad para rectificar. Para reconocer sus errores y enmendarlos. Jugar con este margen de comprensión, en todo caso, tiene su riesgo. Al fin y al cabo, ante una sucesión de errores, el ciudadano puede pensar dos cosas: que su gobernante es un tipo sabio dispuesto a rectificar cuando sea preciso o, por el contrario, que es un incompetente que va de charco en charco sin remisión.
Aunque antagonistas, entre una visión y otra no hay más que una delgada línea. La que cruza el ciudadano cuando se consolida un estado de opinión. Y ese, ahora mismo, es el mayor problema que tiene encima de la mesa Tomás Fole. Harían bien los populares en acudir a las hemerotecas de los últimos dos años y analizar los titulares de los distintos medios de la comarca sobre cada una de las múltiples polémicas en las que se han visto envueltos. Buena parte de ellos son coincidentes -lo que desmonta teorías conspiratorias tan del gusto de algun@s-, y no dejan en muy buen lugar al gobierno vilagarciano.
Improvisación o pertinaz obstinación
La improvisación, o una pertinaz obstinación, han estado detrás de actuaciones que, tras ser fuertemente contestadas, o bien fueron matizadas o bien pulverizadas sin pudor. En demasiadas ocasiones de un tiempo a esta parte, al barco municipal no es solo que le haya faltado rumbo, es que ha zozobrado. Y esa sensación ya está instalada en la calle. Solo hay que prestar atención al enfado de colectivos y personas tradicionalmente afines al PP para constatarlo.
Lo ocurrido el lunes es un nuevo ejemplo. Todo el mundo en Vilagarcía sabía que el pleno se presentaba caliente, e incluso no era difícil intuir que algunos intentarían aprovechar la coyuntura para echar más leña al fuego, pero faltó habilidad política para anticipar el problema. Si las alegaciones de los colectivos culturales estaban trufadas de imprecisiones legales, lo propio hubiese sido sentarlos en una mesa junto al alcalde y la interventora días antes para hacérselo ver. Capítulo aparte merece el sainete del pleno. Si hay un reglamento de participación ciudadana, compete al alcalde hacerlo cumplir. Eludirlo es alimentar la sensación de desgobierno. De zozobra.