Tras superar sus adicciones, entre ellas la heroína, un voluntario del programa «Sen Teito» de la Cruz Roja ayuda a quienes están en el pozo en el que antes estuvo él
25 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Alejandro Barriendos Cañamero tenía mujer, un hijo pequeño e intercalaba trabajos como encofrador y transportista hasta que un día esa «vida normal» se hizo añicos. Entró en barrena cuando «las cosas se torcieron» a raíz de la separación de su pareja. «Me vi perdido, caí en las drogas, tomando de todo, y acabé en la calle por orgullo, por prepotencia, por autosuficiencia... Veía el mundo contra mí, y no quería ayuda de nadie, ni de familia, ni de amigos», confiesa el hombre, de 36 años. Esa espiral decadente lo condujo de su Barcelona natal a San Sebastián, donde vivió a la intemperie, durmiendo al raso y comiendo lo que encontraba. «Allí conocí la heroína», detalla. Cinco años después de haber tocado fondo, Alejandro está del otro lado. Es voluntario del equipo de la Cruz Roja de Lugo que todas las semanas recorre calles, estaciones, portales y parques para echar una mano a los sintecho que malviven en la ciudad amurallada.
Dos termos de café recién hecho, caldo, bocadillos y botellines de agua son las armas con las que el grupo, que coordina la educadora social Patricia Castiñeira, trata de paliar una de las realidades más duras, pero también más invisibles de la sociedad. «Hay gente que ha sido arrastrada a escarbar en la basura para tener algo que llevarse a la boca», expone Alejandro, que sufrió en carne propia esas experiencias. «Por eso entiendo y comprendo», destaca, lo que pasa por la mente de quienes en un momento dado se ven con lo puesto, sin nada. «Lo peor es el rechazo de la gente, cuando pasa por tu lado y gira la cabeza para el contrario en lugar de intentar ayudar», describe. Pero su mensaje está lleno de esperanza porque él logró salir del pozo.
«Un día estaba tirado en la calle, ya no podía más... Miré hacia arriba y dije: ??Si de verdad existes, Dios échame una mano porque yo ya no puedo más??», relata con un hilo de voz. «Poco después conocí a un gitano que era hijo de un pastor evangélico, y así entré en Remar», indica.
Rehabilitación en Remar
De la mano de la oenegé internacional, cuyo nombre significa «rehabilitación de marginados», llegó a Galicia hace un lustro. Pasó dos años en el centro del colectivo en Vigo. De allí fue trasladado al de A Coruña, y finalmente recaló en el de Lugo hace dos. El último año y medio lo ha pasado fuera. «Hoy puedo decir que estoy rehabilitado, y que el único vicio que tengo es comer», sonríe Alejandro, que va recuperando su vida. En enero viajó a Barcelona para reencontrarse con los suyos, y especialmente con su hijo, que tiene 14 años. «En Lugo estoy bien, pero voy a intentar bajar más a menudo a Barcelona para mantener a mi familia como un tesoro». Está en el paro, pero sigue formándose. A través de un curso del plan de empleo de la Cruz Roja conoció el programa Sen Teito, y ahora compagina el voluntariado con las visitas a la iglesia evangélica. «Intento rodearme de gente que me aporte. Salir cuesta lo suyo, pero si quieres, se puede», concluye.